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Américas

Petraeus, el héroe oportunista de dos derrotas militares sucesivas

media Foto de Petraeus con su biógrafa y amante, Paula Broadwell. REUTERS

Una gran pérdida. Esta es la valoración que desde Obama hasta la mayor parte de los medios han hecho de la renuncia del general David Petraeus a la dirección de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Su infidelidad matrimonial ha detenido una carrera que, según algunos, podría haberle llevado hasta la Casa Blanca.

Estados Unidos es el país de la cultura del éxito y del optimismo. El fracaso es un oprobio. Es también un país en el que hay una desmesurada atracción por la violencia, las armas y las fuerzas armadas. De ahí surge la fascinación social por Petraeus, simbolizada por la admiración y veneración que le prodigaba su biógrafa y amante, Paula Broadwell.

Las fotos del austero, casi ascético militar cargado de medallas, contrastan con la aplastante realidad de que Petraeus fue el artífice de dos derrotas –Iraq y Afganistán—y ninguna victoria. Iraq es un Estado disfuncional, fragmentado y asolado por la violencia sectaria; mientras que en Afganistán los Taliban se preparan para un nuevo ciclo de guerra contra el débil gobierno de Hamid Karsai.

Como jefe de la CIA no llevó a cabo, como señala el profesor Juan Cole, historiador de la Universidad de Michigan, ninguna evaluación de las acciones de Estados Unidos en Iraq y Afganistán que le implicaban directamente a él.  A la vez, durante su mandato ha impulsado el legalmente controvertido programa de ataques con aviones no tripulados en Pakistán y Afganistán.

En Iraq, Petraeus presentó como su victoria el hecho que milicias chiíes acabaran con comunidades suníes, que grupos suníes se unieran contra al-Qaeda, y que el beligerante clérigo Sayyid Muqtadā al-Ṣadr declarase un alto el fuego. Si bien supo aprovechar esas oportunidades, eso no significa que su estrategia fuese efectiva. Por el contrario, contrató y financió a grupos suníes que, cuando Estados Unidos se retiró, continuaron con sus acciones terroristas.

En Afganistán, el general Petraeus fue el líder del plan contrainsurgente basado en tomar poblaciones, controlarlas durante un tiempo, formar a la fuerza armada local (tratando de vincularla al gobierno de Kabul), y retirarse con la esperanza de que esos enclaves se convirtieran en bastiones de la lucha contra los Taliban. Pero ese plan, denominado COIN ("comprehensive counterinsurgency strategy") no tuvo en cuenta ni las afinidades basadas en la identidades de la sociedad afgana, ni la debilidad del gobierno de Kabul, como tampoco la capacidad de resistencia de los Taliban.

Como ha escrito Michael Cohen días pasados en The Guardian, Petraeus tuvo la arrogancia de creer que podría cambiar el rumbo de una guerra que carecía de estrategia: “Las guerras en Iraq y Afganistán fueron algo mas que una mala estrategia; reflejaron la pobreza de las tácticas militares y de los mandos. Una interpretación interesada e incompleta de lo que pasó en Iraq condujo a resultados desastrosos en Afganistán”.

Cuando el presidente Obama indicó en 2009 que cumpliría su promesa electoral de retirar las tropas estadounidenses de Afganistán, el general Petraeus le desautorizó en público, como le explica Bob Woodward en el libro Las guerras de Obama, e hizo lobby entre sectores conservadores para que Estados Unidos no se retirase antes de que él pudiese probar su estrategia contrainsurgente.

Obama pidió al Pentágono una serie de opciones para Afganistán, pero el Pentágono solo le presentó una: incrementar la presencia de efectivos de Estados Unidos y continuar la guerra. Obama cometió el error de acceder a aumentar el número de tropas pero al mismo tiempo fijó el año 2014 para la salida. Petraeus consideró esto un grave error y una ofensa personal; lo hizo saber en público y poco tiempo después dejó el puesto. Obama fingió, como todo el mundo, que Petraeus era un general victorioso y posiblemente para complacer a las fuerzas armadas le nombró director de la CIA.

Para entonces, la guerra en Afganistán ya estaba perdida, pero continuó cobrándose la vida de afganos y soldados de Estados Unidos gracias a la debilidad del presidente y el cinismo del general Petraeus. Como escribió en The Washington Post la comentarista Maureen Dowd, “ése es el verdadero escándalo”.

La supuesta heroicidad de Petraeus encajó perfectamente en la incapacidad de las élites estadounidenses para asumir la derrota de Estados Unidos en Iraq y Afganistán, cuatro décadas después de la derrota en Vietnam.

Hace casi media década un senador estadounidense propuso que la mejor solución para su país en el atolladero de la guerra de Vietnam era “declarar la victoria y marcharnos”. Daría la impresión que con las guerras de Iraq y Afganistán se aplicó la misma fórmula. 

Para adornar con más convicción la fantasía de la victoria, la Casa Blanca, el Pentágono, la CIA, el Congreso, los medios de prensa y una ambiciosa ex militar coincidieron en que Iraq y Afganistán tenían que tener un icono equivalente a los victoriosos generales de la Segunda Guerra Mundial Eisenhower o McArthur. El arrogante y oportunista general Petraeus encontró de esta forma sus años de gloria.

* Mariano Aguirre dirige el Norwegian Peacebuilding Resource Centre (NOREF), en Oslo.

 
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