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Colombia, a las puertas de la paz

Colombia, a las puertas de la paz
 
Familia nasa, Colombia. Flickr/Geya García

Hace tres años empezaron en La Habana, Cuba, unas negociaciones entre el gobierno y la guerrilla marxista de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para ponerle fin al conflicto que lleva más de cincuenta años. Desde el pasado mes de julio, las regiones más golpeadas ya han sentido un alivio gracias a la tregua decretada por los subversivos, como en el departamento del Cauca, en el suroeste del país.

Un reportaje de Zoe Beri.

El pueblito de Inzá, en lo alto de las cordilleras del suroeste colombiano, estrenará muy pronto un nuevo puesto de policía y una alcaldía totalmente renovada. Un poco más de dos años atrás, el 7 de diciembre de 2013, estos dos edificios fueron destruidos por la explosión de un carro bomba, activado por la guerrilla marxista de las FARC. Era día de mercado en Inzá, once personas murieron.

Inzá, en busca de la reconciliación

Éste no fue el primer atentado en Inzá, como nos lo cuenta Gladys Pérez, que trabaja en la alcaldía. Aunque en su familia, así como en muchas otras familias colombianas, la guerra dejó huellas profundas, está convencida de que la reconciliación es posible: “Tengo un hermano que fue secuestrado tres años por la guerrilla. (…) Hay que perdonar. Mi hermano quiere que la guerra se acabe por todo lo que vivió pero también sé que va a perdonar”.

Que pare la guerra: éste es el deseo que formulan los habitantes de las regiones más golpeadas por el conflicto colombiano. Desde ya, la tregua de las FARC y el acuerdo que está próximo a firmarse, este mes de marzo, le trajeron efectos benéficos a la población de Inzá según Gladys: “La gente está contenta, andando tranquila, y todos guardamos la esperanza de que se firme rápido la paz”.

Toribío, un pueblo mártir

A algunos kilómetros al norte de Inzá se encuentra otro pueblo mártir, Toribío. Ahí también se está respirando un nuevo aire. Los habitantes, los indígenas nasa, ya no estaban acostumbrados a escuchar por la noche los juegos de los niños, ni el ruido de las pelotas que retumban en el asfalto frente a la pequeña iglesia.

Estos sonidos de paz están volviendo, nos comenta el dirigente Esneider Gómez: “Desde que las FARC declararon el cese unilateral al fuego, Toribío ha vuelto a la vida. La gente vuelve a salir en confianza”.

Durante los pasados 35 años, este pueblo que está ubicado en la cordillera de los Andes, en una zona estratégica para la guerrilla, sufrió 14 tomas por parte de las FARC, y los habitantes estiman en 800 el número de hostigamientos que hubo entre los rebeldes y la fuerza pública.

La guerra invadió todos los espacios

Rosbita Gómez, rectora de la escuela, cuenta que “en muchas ocasiones tuvimos que evacuar a los niños”. Siempre se les explica cómo actuar en caso de tiroteo.

Hoy, unos coloridos murales cubren las huellas de los huecos que los guerrilleros habían abierto en las paredes de los salones de clase para dispararle al puesto de policía, que queda dos bloques más abajo.

El 9 de julio de 2011, las FARC intentaron destruir este verdadero búnker detonando un bus saturado de explosivos. Las ruinas de las casas aún dan testimonio de la violencia de la explosión.

En las montañas que rodean Toribío, los nasas le hicieron frente a las FARC con sus propias armas: unos sencillos bastones de madera adornados con cintas de color, signo distintivo de los guardias indígenas. Este ejército de paz, compuesto por voluntarios, salió en muchas oportunidades a rescatar a niños combatientes reclutados por la guerrilla, o a sacar a los militares y a los rebeldes de su territorio para prevenir los enfrentamientos.

Así corrieron una suerte diferente a la de los millones de colombianos desplazados por la violencia año tras año. Hoy, después de haber tenido que intervenir tan a menudo, los guardias ya no están en constante alerta.

A la espera de reparaciones concretas

Pero en este momento, cuando la paz parece estar a la vuelta de la esquina, surgen preguntas y dudas. Ha filtrado poca información sobre las negociaciones en La Habana. En estos tres años de avances, las partes presentaron una serie de acuerdos parciales sobre distintos temas: una reforma de la política agraria, la justicia, la reparación a las víctimas y la reinserción de los guerrilleros. Pero fueron presentaciones generales, y faltan explicaciones concretas acerca de lo que va a pasar después del acuerdo final.

Los dirigentes indígenas del Cauca siempre han estado entre la espada y la pared; atacados por la guerrilla y acusados por el gobierno de encubrir a las FARC. No entienden por qué otras víctimas del conflicto fueron invitadas a La Habana a hacer escuchar su voz en las negociaciones, mientras ellos no pudieron ir a exponer sus reclamos. Hoy exigen que se les tome en cuenta.

Para Esneider Gómez, “debe haber una forma de reparación concreta a aquellas familias que pusieron víctimas, que fueron desplazadas, amenazadas y estigmatizadas. Además, la comunidad tiene que reunirse para decir qué queremos en lo colectivo: obras, carreteras, parques, infraestructura… Toribío fue destruido en el 2002, 2005 y 2011. Entonces tiene que haber una reparación colectiva para reconstruir cosas que ya no existen”.

La inquietud del período postconflicto

También surge la inquietud del postconflicto: “No podemos decir que va a haber paz si hay inequidad. Si en ese acuerdo no hay justicia social, creemos que no va a haber paz porque seguirán creciendo otros grupos”, estima Gómez.

Desde ya, los habitantes de Toribío ven con angustia cómo aparecieron en su región unos grafitis alusivos al Ejército de Liberación Nacional, que es la segunda guerrilla del país. El ELN no está incluido en el proceso de paz y, aunque no es tan fuerte como las FARC, ha venido incrementando sus acciones armadas en diferentes regiones del país.

Por otra parte, los cultivos de marihuana han florecido en los alrededores del pueblo. Cada noche, en las faldas de las montañas, las luces de las lámparas usadas para acelerar el crecimiento de la planta delatan el auge del negocio. El tráfico de drogas ha financiado a los grupos armados por años. Para que lleguen tiempos de paz, otros productos, como el ganado, el café, el maíz, tienen que desplazarlo.

Nuevo impulso del turismo en la región

El turismo también podría ayudar al desarrollo en la zona. Este sector está tomando un nuevo impulso gracias a la tregua de las FARC. A poca distancia de Toribío, en el sitio arqueológico de Tierradentro, un guía le explica a un grupito de excursionistas cuál era la función de las tumbas subterráneas que cavaron sus ancestros varios siglos atrás.

Entre los visitantes se encuentra Christian de Stoop, un agente de viaje belga. Vino en busca de nuevos destinos para sus clientes, y Colombia tiene a su parecer muchas ventajas, en un contexto poco favorable para otros países: “La gente ya no viaja a países árabes, como Egipto, desgraciadamente para su población. Entonces, buscan otros sitios. Pienso que ésta es la oportunidad de Colombia para recibir a la gente en un ambiente de paz. Estoy realmente muy sorprendido; conozco muchos lugares, he visitado muchos países y Colombia es realmente una formidable sorpresa”.

El país ya no asusta tanto a los extranjeros. Jocelyne y Serge Bévin, una pareja de jubilados franceses, quedaron encantados con la región: “Aunque sea algo ya del pasado, aún tenemos en mente los relatos de raptos y de secuestrados, y nuestros familiares lo recordaron más aún cuando viajamos. Pero al llegar aquí, sea en el campo o en las ciudades medianas, se siente un ambiente bonachón, lo cual me parece ejemplar. Aquí la gente pasa dificultades, pero a pesar de todo viven felices entre sí, son entusiastas y fraternos”, cuenta Jocelyne.

A imagen y semejanza de Tierradentro, Toribío quisiera transformar lo que fue terreno de guerra en un lugar atractivo para los turistas. Y, por qué no, incluir en esta tarea a los exguerrilleros. Ya se están construyendo varias posadas, y los habitantes empiezan a soñar con el posconflicto.

“Como dice el himno nacional, cesará la horrible noche, y es lo que nosotros esperamos. Sin guerra, Toribío puede ser algo cercano al paraíso”, concluye Esneider Gómez.
 

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