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Américas

Estados Unidos, hacia las presidenciales de 2020

media Para Trump, las elecciones iban más allá del Partido Republicano. Aquí en Missouri, el 5 de noviembre de 2018. REUTERS/Carlos Barria

La conquista de la Cámara de Representantes del Congreso por parte del Partido Demócrata es un importante triunfo contra el autoritarismo de Donald Trump y la agenda ultraconservadora de los Republicanos. Ahora se abre un duro período hasta llegar a las elecciones presidenciales de 2020, durante el cual el presidente agudizará las brechas que dividen a la sociedad estadounidense.

Los Republicanos esperaban que estas elecciones al Congreso y autoridades locales les confirmaran su agenda ultraconservadora: reducir impuestos a las clases más altas, derogar las leyes liberales sobre el aborto y la educación, restringir los derechos de los homosexuales, promover el modelo tradicional de familia y abolir las regulaciones sobre medio ambiente. Pero el resultado muestra que hay serias resistencias, que el país está partido en dos, y que no será sencillo imponer esas medidas.

Para Trump, las elecciones iban más allá del Partido Republicano. Eran, en realidad, un referéndum sobre sí mismo, para seguir gobernando sin límites institucionales. El partido es un instrumento a través del cual el presidente proyecta su propia agenda reaccionaria en la que coinciden grandes intereses empresariales y agendas religiosas conservadoras de poderos grupos evangélicos con grupos de poder como la National Rifle Association. De ahí que apoye a los elementos más extremos entre los Republicanos y vaya dejando de lado a los moderados, tanto políticos como miembros de su gabinete de gobierno.

Un referéndum personal

Estas elecciones eran para Trump, además, la oportunidad de solucionar un problema que le obsesiona. En las presidenciales de 2016, Hillary Clinton obtuvo 2.8 millones más que él. Sin embargo, el candidato republicano obtuvo la presidencia gracias al arcaico sistema de voto indirecto a través del colegio electoral. Aunque no era candidato en estas elecciones, un triunfo republicano le hubiese ayudado simbólicamente a quitarse el estigma de haber obtenido menos votos que Clinton.

En esta especie de referéndum Trump dejó de lado los detalles programáticos (empleo, salud, educación), y centró su incansable campaña en los grandes temas que movilizan a su electorado: defenderse de la supuesta invasión de latinoamericanos, construir el muro en la frontera con México, resistir a los Demócratas que quieren convertir a Estados Unidos en Venezuela, reimponer sanciones a Irán y denigrar a los medios periodísticos tradicionales.

Un período de confrontaciones

Para el Partido Demócrata, las elecciones y la victoria en la Cámara de Representantes suponen un fuerte desafío. Por una parte, ha concentrado todas las esperanzas, dentro y fuera de Estados Unidos, en poner un freno a la presidencia de Trump. Ese freno adoptará la forma de obstaculizar muchos de los proyectos de ley que el “trumpismo” quiera implementar.

Por otra parte, los Demócratas podrían iniciar el complejo proceso político para destituir al presidente (impeachment), en particular cuando se conozcan las conclusiones de la investigación que está llevando a cabo el fiscal especial Robert Müller, sobre posible obstrucción a la Justicia por parte de Trump. Pero sin controlar el Senado, ese proceso puede no llegar a término. A la vez, no ponerlo en marcha puede desilusionar a muchos votantes.

Hagan lo que hagan, Trump no les va a poner las cosas sencillas. Su estilo de choque y fuera de los cánones de la política lo llevará, posiblemente, a denunciar los resultados como fraude, o producto de las supuestas mentiras y noticias falsas (fake news) de los medios periodísticos.

Al contrario de lo que podría esperarse de un presidente cuyo partido ha perdido el liderazgo de la Cámara de Representantes, Trump agitará a su electorado deslegitimando el triunfo demócrata. Lo que ha perdido en el Congreso lo intentará ganar con el discurso del odio en las redes sociales, Fox News y la calle.

Para los demócratas esto supondrá serios riesgos, tanto en cómo enfrentar ese discurso de choque, como en el tipo de políticas que, además de resistir a las de los Republicanos, promuevan el cambio social que gran parte de sus votantes les demandan.

Las identidades

Durante las elecciones, hubo una tensión entre los centristas y los renovadores en el Partido Demócrata. Los primeros, muchos de ellos cuestionados por haber apoyado durante décadas las políticas neoliberales que alejaron a una parte de su base, consideran que se deben promover políticas moderadas, que no asusten al votante medio.

Para los renovadores, es el momento de que una nueva generación de candidatos avance con propuestas progresistas. Entre ellos sobresalen políticas mujeres, indígenas, representantes del colectivo LGTB, y ciudadanos de origen árabe.

Para las elecciones, los dos sectores encontraron un lenguaje común, alrededor de la universalización de la asistencia sanitaria, fortalecer la educación pública, fijar el salario mínimo en 15 dólares la hora, combatir la corrupción y limitar el poder de los grandes capitales en la política. Pero ahora deberán poner esas ideas en acción.

Algunos Demócratas críticos consideran que esta representación de identidades debilita al partido, que debe presentar propuestas integradoras para todos los ciudadanos. Sin embargo, las identidades han sido y son parte de la composición de la sociedad multicultural estadounidense. El triunfo de varios de estos candidatos subraya la tensión entre la ideología del suprematismo blanco de Trump y una sociedad abierta, múltiple y liberal.

Por delante se presentan dos años de fuerte tensión política, que tendrá consecuencias dentro y fuera de Estados Unidos. Tradicionalmente, cuando un presidente, como le ocurrió a Barack Obama, pierde poder en el Congreso, pone más énfasis en su política exterior. Esto será particularmente peligroso respecto de Irán, y si se radicalizan las posiciones de Washington frente a Rusia y China.

Pese a las altas expectativas que han tenido, estas elecciones pasarán rápidamente a la historia, porque Trump ya ha comenzado su campaña para las elecciones presidenciales de 2020.

Mariano Aguirre es analista de cuestiones internacionales y autor, entre otros libros, de Salto al vacío. Crisis y decadencia de Estados Unidos (Icaria editorial, Barcelona, 2017).

 
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