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Américas

Lo que quedará de la Cumbre de Buenos Aires

media Los líderes del G20 en la sesión plenaria de este 1 de diciembre de 2018, en Buenos Aires. G20 Argentina/Handout via REUTERS

Luego de intensas discusiones, los jefes de Estado y de Gobierno del G20, que agrupa a las principales economías desarrolladas y emergentes del mundo, se pusieron de acuerdo en una declaración final que consagra un armisticio en materia comercial y marca un avance respecto del cambio climático, pese a la disidencia de Estados Unidos. El balance es positivo para la Argentina.

Por nuestro corresponsal en Buenos Aires, Juan Buchet.

La Cumbre de Buenos Aires tuvo un final feliz. Pese a los agoreros que decían temer que no se llegara a consensuar una declaración de los líderes del G20. Y pese a aquellos que pronosticaban una masiva movilización de manifestantes antiglobalización y violencias callejeras. Si agregamos que la organización fue excelente y que, horas después del cierre del evento, los presidentes Donald Trump y Xi Jinnping sellaran una tregua en la guerra comercial entre Estados Unidos y China, el balance es ampliamente positivo.

Declaración final del G20:
application/msword icon
declaracion.pdf

Respecto de la declaración final, es cierto que se negoció con dureza y hasta último minuto. Pero el texto acordado es sin duda el mejor posible, habida cuenta de las posiciones iniciales y de las realidades del mundo actual. Los temas conflictivos son conocidos: comercio y clima. En ambos casos, los Estados Unidos se enfrentaban a las 19 otros miembros del Grupo.

Las discusiones más fuertes fueron sobre el cambio climático. Trump se oponía a que el comunicado hiciera referencia a los Acuerdos de París. Pero los dirigentes europeos, y especialmente el francés Emmanuel Macron, así como China y la mayoría de los otros participantes se mantuvieron firmes. La declaración deja asentada con claridad la adhesión a los compromisos del Acuerdo de París por parte de los 19. Y si bien en el párrafo siguiente Estados Unidos, en disidencia, recuerda que se retiró de dicho acuerdo, estos párrafos están precedidos por otro, más general, en el que los 20 se declaran preocupados por el cambio climático. Sin decirlo abiertamente, Trump reconoce por primera vez la realidad del calentamiento global.

En ese sentido, lejos de ser tibia y lavada, la declaración representa un avance respecto de la de la Cumbre de Hamburgo de 2017, en la que también se recurrió a la fórmula llamada “19 + 1”. De hecho, organizaciones ambientalistas como Greenpeace saludaron inmediatamente el resultado obtenido en Buenos Aires.

Sobre el comercio hubo menos dificultades y poca tensión. Se llegó rápidamente a un acuerdo sobre un texto al que adhieren los 20 en el que se resalta la importancia del multilateralismo y se insta a una reforma de la OMC, tan criticada por Donald Trump. Pero no se trata de una concesión a los Estados Unidos: todos los países miembros están convencidos de que la Organización Mundial del Comercio necesita ser desburocratizada y debe agilizar el tratamiento de las disputas entre países. El texto no condena abiertamente al proteccionismo, como sí se había hecho en otras reuniones. Manera de tomar en cuenta la posición de Estados Unidos, que se considera injustamente acusado de ser proteccionista cuando dice querer solamente un comercio “más equilibrado”. Por otra parte, la reivindicación del multilateralismo implica en sí un rechazo de las políticas proteccionistas.

En realidad, no hubo un clima de enfrentamiento sobre este tema. Porque todos los participantes le apostaban al éxito de la reunión Trump-Xi Jinping, agendada cinco horas después de la finalización de la Cumbre. Si los líderes de las dos potencias que están en guerra por los aranceles habían decidido encontrarse, se podía suponer que era para pactar una suerte de armisticio beneficioso para todos, no para aumentar las tensiones. Y así fue: luego de una cena en que ambos presidentes estaban acompañados por sus principales consejeros, se anunció que Estados Unidos suspendía temporalmente el aumento de aranceles a las importaciones de acero y aluminio chinos, a la vez que China se comprometía a aumentar sus compras de productos estadounidenses.

De forma más general, varios factores contribuyeron a que la Cumbre finalizara con una declaración de consenso que las autoridades argentinas quieren llamar “Acuerdo de Buenos Aires”. Primero, un Trump menos belicoso que de costumbre, que si bien no pudo evitar algunos exabruptos y faltazos (no fue al retiro del primer día, momento de la plenaria en que los dirigentes debaten a solas, sin asesores ni testigos), trató de mostrar una imagen más abierta y no quiso arruinarle la fiesta a su amigo Mauricio Macri. Segundo, la firmeza y el realismo de los europeos, que supieron trazar líneas rojas a la vez que tenían claras las concesiones posibles, obteniendo la adhesión de la mayoría de los otros países. Tercero, el excelente trabajo previo, de todo el año en las ministeriales que permitieron preparar la Cumbre, en las 48 horas que la precedieron y durante la misma. Buen trabajo de los sherpas obviamente, pero también de la presidencia argentina del G20 en su rol de coordinación. La Argentina buscó permanentemente el acercamiento y Macri tuvo un gran protagonismo en las discusiones con sus pares con el objetivo de que se llegara a un acuerdo para la declaración final.

Logrado el objetivo, Macri lo celebró como un triunfo, que se suma al éxito de la organización del evento, por la cual recibió calurosas felicitaciones de los jefes de Estado y de Gobierno presentes. Fue una Cumbre “increíblemente perfecta” dijo, exultante, el presidente argentino. Y es cierto que todo salió bien, casi a la perfección, salvo algunas faltas de protocolo iniciales, rápidamente olvidadas. Señalemos dos: la vicepresidenta Gabriela Michetti llegó tarde para recibir a Macron y las primeras personas que el presidente francés saludó fueron… dos técnicos aeroportuarios con chaleco amarillo; la banda militar que esperaba a Xi Jinping (porque éste iniciaba una visita de Estado) tocó la marcha cuando descendía del avión un funcionario chino que fue confundido con el presidente.

Fuera de estos incidentes, en definitiva poco importantes, la Cumbre pareció perfectamente aceitada. Quizás cuando mejor se vio fue con la llegada de los dirigentes extranjeros al Teatro Colón para la cena de gala ofrecida por Macri el viernes 30 de noviembre. Fue un ballet impecable, en el que cada comitiva iba saliendo en el minuto previsto de su hotel, avanzando por una avenida 9 de Julio cerrada al tránsito pero abierta a un público numeroso tras vallas de contención, para presentarse al pie de las escalinatas del Colón también en el minuto previsto, antes de que cada jefe de delegación (presidentes y primeros ministros, pero también el Secretario General de la ONU António Guterres, la Directora Gerente del FMI Christine Lagarde, la Reina argentina de Holanda Máxima Zorreguieta, etc.) sea recibido por Macri y su sonriente y deslumbrante esposa Juliana Awada.

Mención aparte merece la llegada de Angela Merkel, protagonista involuntaria del mayor blooper de la Cumbre. Por un problema técnico del avión oficial, la canciller alemana tuvo que regresar a su país, poco después de haber despegado el jueves 29, y viajar al día siguiente con una delegación reducida por un vuelo de Iberia con escala en Madrid, con lo cual se perdió la primera jornada de la Cumbre. Aterrizó minutos antes de la gala, se cambió en el aeropuerto y fue directamente al Colón, donde Macri la recibió muy afectuosamente. De más está decir que tuvo que contar el incidente a cada persona con la que se cruzó en el teatro.

La gala fue el momento de gloria de Macri. Antes de la cena, en el Salón Dorado del Colón, los líderes del G20, desde los palcos de honor, y mil invitados especiales (convocados con dos horas de antelación, para no perturbar la llegada de las comitivas oficiales) en las plateas, asistieron a un espectáculo creado especialmente para el evento, "Argentum", con coreografías contemporáneas sobre músicas que abarcaron todos los géneros actuales de la Argentina (tango y folklore obviamente, pero también rock nacional, hip hop y cuarteto), mientras desfilaban imágenes de las distintas regiones del país. Una ovación saludó el fin del espectáculo y, ante el aplauso de sus pares, Macri lloró. En fin, se le soltaron unas lágrimas, sorprendentes para un hombre que esconde habitualmente sus sentimientos. Esta vez, no pudo. Momento de emoción.

El evento en el Colón representó un desafío especial para las fuerzas de seguridad. Porque fue la única ocasión en que los líderes mundiales se encontraron juntos fuera de la zona de exclusión que protegía la sede de la Cumbre. Y a apenas quinientos metros de la avenida de Mayo, donde aún desfilaban los manifestantes antiG20. Obviamente, el cruce entre esta avenida y la 9 de Julio estaba enteramente vallado y un imponente dispositivo policial a lo largo del recorrido de la manifestación impedía cualquier desborde en dirección del teatro. Se dice que había también francotiradores en los techos de los edificios cercanos al Colón. Pero en las inmediaciones del teatro la policía era poco visible. Los invitados a la gala no tuvieron en ningún momento la impresión de llegar a un búnker.

La marcha antiG20 se desarrolló sin incidentes. Las organizaciones participantes cumplieron con lo pactado con el Gobierno, evitando desmanes y violencias. Pero quedaron decepcionadas por la escasa participación: en vez de la esperada movilización masiva, solo unos miles de militantes sindicales y de extrema izquierda respondieron a la convocatoria. Si bien es cierto que las restricciones al transporte público dificultaron que concurrieran simples ciudadanos sin afiliación política, la protesta no tuvo adhesión popular. Lo anunciaban las encuestas previas, según las cuales un 40% de los argentinos consideraba positiva la reunión del G20 en Buenos Aires, otro tanto se declaraba indiferente y solo una minoría la cuestionaba.

Por los resultados de la Cumbre y del encuentro Trump-Xi Jinping, lo antedicho de la organización, la debilidad de la protesta antiglobalización y la ausencia de incidentes, el balance de estas intensas 48 horas de reunión del G20 en Buenos Aires es altamente positivo para la Argentina. Más aún si le sumamos las 19 bilaterales del Macri con sus pares, cuatro de ellas en el marco de visitas oficiales. Fue muy productiva la del francés Macron, con quien el presidente argentino tiene una muy empática relación personal, en la que se anunciaron nuevas inversiones y se firmaron varios convenios de cooperación. La coronación fue la visita de Estado del presidente chino, este domingo, que terminó con la firma de más de 30 acuerdos bilaterales en materia de comercio, inversiones y crédito.

Cabe resaltar también la bilateral con Theresa May, primera visita de la historia de un Primer ministro británico a la Argentina, en la que, independientemente de la disputa vigente respecto de las Islas Malvinas, hubo avances en las relaciones económicas. Para ser exhaustivos habría que señalar los convenios firmados con Estados Unidos y la profundización del vínculo con Rusia, remarcado por Macri y Vladimir Putin en la conferencia de prensa conjunta que dieron el sábado a la noche. Además, todos los líderes presentes reafirmaron su apoyo a la política de reformas del Gobierno argentino, al acuerdo firmado este año con el FMI, y a la candidatura del país a la OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo económicos).

Para Mauricio Macri, que ya había recibido individualmente a la mayoría de los dirigentes del G20 en los últimos dos años y medio, acogerlos juntos en las intensas 48 horas de esta exitosa Cumbre es concretar el sueño de volver a insertar a la Argentina en el mundo, tal como lo había anunciado al asumir la presidencia en diciembre de 2015. Es prometedor para el futuro. Pero la fiesta terminó. Hay que cuidarse del vértigo y evitar la borrachera. La carroza volvió a ser calabaza. Desde este lunes debe seguir gobernando un país en crisis económica y con numerosas demandas sociales insatisfechas.

 
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