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Américas

Jugando con fuego: Trump y las Fuerzas Armadas

media Donald Trump y su esposa Melania durante una visita surpresa a la base aérea de Al-Asad, en Irak.. REUTERS/Jonathan Ernst

El gobierno de Donald Trump integró en cargos claves, por primera vez en la historia de Estados Unidos, a ex altos mandos militares. Después de dos años, y aunque el presidente mantiene una alta popularidad entre los efectivos hombres de las Fuerzas Armadas, se está produciendo una fractura inédita entre él y ex altos oficiales. Trump halaga a los militares y reclama su apoyo en misiones controvertidas, pero también arremete contra oficiales retirados que le critican. En este campo de batalla corre peligro la relación democrática entre el poder civil y el militar.  

Durante la campaña electoral Donald Trump afirmó: “Creerme, sé más acerca del Estado Islámico (ISIS) que los generales”.  A pesar de esa arrogancia, cuando llegó a la Casa Blanca saltó por encima de la regla que indica que altos mandos de las Fuerzas Armadas no ocupan cargos civiles, y nombró a James Mattis secretario de Defensa, a H.R. McMaster asesor de Seguridad Nacional, a John Kelly como jefe de Gabinete. Así mismo, le dio vía libre al Pentágono para operar en Yemen, Somalia, Níger y otros sitios con la menor rendición de cuentas posibles al Congreso. (El general retirado Michael Flynn fue brevemente asesor de Seguridad Nacional antes de ser acusado de complicidad con el gobierno ruso. Ha sido procesado y actualmente espera condena).

Kelly apoyó con entusiasmo las políticas de Trump hacia la migración; Mattis convenció a Trump de mantener y aumentar la presencia militar en Afganistán, y se encargó de moderar los ataques de Trump a los aliados de la OTAN, mostrando una cara amable al atlantismo. Y, junto con McMaster, aprobó con el silencio que el (también dimitido) secretario de Estado Rex Tillerson desmantelara buena parte de su Departamento, acentuando así la capacidad militar sobre la civil en las relaciones exteriores del país. 

Estos ex mandos militares fueron denominados “los adultos” en la Administración. Informaciones periodísticas, filtraciones, y el libro Miedo, de Bob Woodward, explicaron que estaban a disgusto en sus puestos, pero cumplían una labor patriótica: proteger al país del carácter voluble de Donald Trump, limitar sus impulsos y compensar su ignorancia.

Los testimonios indican que el presidente no tiene capacidad, ni voluntad, para atender y, menos aún, leer los informes que le hacen sus asesores en temas de seguridad nacional y política exterior. Los análisis militares son rechazados por Trump, que prefiere guiarse por su instinto, lo que sugiere la cadena de televisión ultraderechista Fox News, o asesores no formales como el extremista Steve Bannon.

Órdenes contradictorias

Mattis, McMaster y Kelly han dejado sus puestos en los últimos meses al tiempo que la luna de miel entre Trump y las Fuerzas Armadas está entrando en una fase complicada, pese a que habla de “su ejército” y “mis generales”.

En el curso de la campaña electoral el entonces candidato sentó algunos precedentes. Se enfrentó e insultó a los padres de un soldado estadounidense de origen musulmán. También criticó al fallecido senador John McCain, veterano de la guerra de Vietnam que fue prisionero y torturado, indicando que no le gustan “los perdedores”, y al general retirado John Allen (“un general fallido”) por apoyar a Hillary Clinton.

Ya en la Casa Blanca, se resistió, junto con el general Kelly, a dar las condolencias a la viuda del sargento La David Johnson, muerto en combate en Níger, porque ésta criticó al gobierno. 

En 2018 presidente no asistió al cementerio nacional de Arlington el Día de los Veteranos, alegando que estaba “muy ocupado”. Cuando estuvo en Francia con motivo del centenario de la Primera Guerra Mundial no fue con otros mandatarios a visitar las tumbas de los soldados estadounidenses debido a que llovía.  

Más grave aún, se peleó a través detuits con el almirante retirado William McRaven, quien lideró la operación que acabó con la vida de Osama bin Laden en Pakistán. Éste le acusó de no haber atrapado al líder de al-Qaeda.  

Trump tardó dos años, hasta que fue a Irak en diciembre pasado, en visitar a las tropas desplegadas en diferentes partes del mundo por considerar que “no es algo necesario” y, según un testimonio del Washington Post, porque teme ir a sitios peligrosos en los que “podrían querer matarlo”.

En diciembre tomó por sorpresa al general Mattis, y a los aliados, al anunciar que Estados Unidos retira sus fuerzas de Siria, donde lideran la coalición de varios países contra el Estado Islámico. Igualmente, indicó que reducirá sustancialmente las tropas en Afganistán (de 14.000 a 8.000).

Mattis renunció mediante una crítica carta hacia el presidente. A continuación, éste afirmó que lo había “echado”, subrayando que el secretario de Defensa no había hecho “nada” por él ni por Afganistán.  Pero haber echado al general Mattis fue probablemente un error porque tiene un 89% de apoyo entre los oficiales de las Fuerzas Armadas.

Días más tarde el consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, anunció que las tropas tardarán más de lo previsto en retirarse de Siria. Respecto de Afganistán, el Pentágono anunció una serie de condiciones que retrasarán quizá por años la retirada.

Estas órdenes y contra órdenes han acentuado el clima de caos e incertidumbre entre los aliados de la OTAN, los gobiernos de Irak y Afganistán, y los combatientes kurdos en Siria, apoyados por fuerzas occidentales. Como en otras ocasiones, Trump mostró el instinto para identificar un problema, en este caso el fracaso de las intervenciones militares de Estados Unidos en Afganistán, Irak y Siria, pero adopta decisiones descoordinadas y sin rumbo.

En los primeros días de enero de 2019 Trump tuvo un encontronazo con el prestigioso general retirado Stanley McCrystal debido a que este indicó que lo considera “un mentiroso” y un “inmoral”. El presidente respondió llamándole “bocazas” y dudando de que haya sido “general”.

Reflexionando sobre las experiencias de sus colegas de armas en la Casa Blanca, el general retirado James Stavridis, ex Comandante Aliado Supremo de la OTAN, indicó hace pocos días en Time que “en las Fuerzas Armadas decimos que el primer deber de un oficial es poner orden en el caos. Me alegro de que algunos generales estén en la brecha. Pero, al final, cada uno de ellos debe preguntarse, hasta qué punto su servicio en la Casa Blanca constituye una barrera o una facilitación”.

Las críticas

Aunque las tensiones entre el sector civil y el militar se han manifestado en otros gobiernos de Estados Unidos, nunca ha habido una creciente hostilidad como la de ahora.  Esto resulta más notable ante el hecho de que Trump no cumplió con el servicio militar y fue eximido de ir a Vietnam (como los anteriores presidentes Bill Clinton y George W. Bush) por inciertos problemas de salud. Mientras parte de su generación peleaba en Vietnam, Trump era un joven de fiesta en fiesta en Manhattan. En una ocasión explicó que entonces podría haberse contagiado de sida. “Ese fue mi Vietnam personal, y me siento como un soldado grande y valiente”, indicó

Recientemente el general retirado Wesley Clark, ex Comandante Supremo de los Aliados de la OTAN, afirmó que “las acciones de Trump y su comportamiento han llevado a miembros de las Fuerzas Armadas activos y veteranos a preguntarse si entiende lo que significa ser Comandante en Jefe, y lo qué debe hacer”.

Crecientemente en medios militares hay una sensación de que el presidente utiliza las Fuerzas Armadas para apoyar algunas de sus políticas. En noviembre, Trump decidió enviar 6.000 efectivos militares a la frontera con México para detener a una caravana de inmigrantes desarmados que, de hecho, no ha llegado todavía.

Las leyes federales de Estados Unidos limitan que el ejército sea utilizado para misiones de defensa interior salvo en casos extremos. Además, existe el servicio policial de fronteras para ocuparse de la migración. Pero el presidente envió esa fuerza para apoyar las políticas antiinmigración de los Republicanos durante la campaña electoral para la renovación del Senado y la Cámara de Representantes. De hecho, en noviembre ordenó que los militares se retiraran. Expertos y organizaciones de Derechos Humanos han insistido en que en la frontera hay problemas humanitarios y violaciones, como la detención de niños, pero no una cuestión de seguridad.

Hace pocos días el primer mandatario insistió que, si los Demócratas no aprueban el presupuesto para erigir el muro en la frontera con México, ordenará que lo construyan los militares. “Ellos entienden su importancia”, afirmó contraponiéndoles al Partido Demócrata.  Pero esta medida controvertida podría ser resistida legalmente en el Congreso.

La respuesta vino del general Karl W. Eikenberry, ex comandante de las fuerzas en Afganistán: “Si el presidente rutinaria y cínicamente utiliza las Fuerzas Armadas de la Nación para obtener ventajas políticas de corto plazo, la razón de ser profesional de los oficiales se degrada, y esto, a la vez, amenaza uno de los principios fundaciones de nuestra república: que los militares deben permanecer fuera de la política”.

Las cifras en las Fuerzas Armadas   

Los vaivenes de Trump con las Fuerzas Armadas están impactando sobre el nivel de aceptación que tiene entre ellas. Una encuesta llevada a cabo entre septiembre y octubre pasado por la revista Military Timesindicó que el 44% de la tropa es favorable al presidente, mientras que el 43% lo desaprueba. Comparando con encuestas realizadas en 2016, el nivel de aprobación ha descendido dos puntos, pero el de desaprobación se ha incrementado en seis (desde el 37%).

Las cifras indican que ha crecido la polarización, siguiendo la tendencia en la sociedad. De todos modos, el apoyo a Trump es mayor en medios militares que en los civiles (43% y en descenso). Un dato interesante es que el presidente tiene más apoyo en la tropa que entre los oficiales. Entre los que aprueban su gestión de las Fuerzas Armadas, un 60% creen que lo hace mejor que el ex presidente Barack Obama. Y hay una gran diferencia entre los hombres y las mujeres militares: las segundas le desaprueban mayoritariamente (68%), según una encuesta de CNN realizada en octubre pasado.

Trump argumenta que su popularidad entre las Fuerzas Armadas se debe a que les ha otorgado aumentos de salarios como “no han tenido en la última década”, alcanzando el 10% de los mismos. La realidad, sin embargo, es que el aumento ha sido del 2.6% como estaba pactado desde el gobierno Obama.

La relación civil-militar en riesgo

En Estados Unidos hay una relación contradictoria con las Fuerzas Armadas: se las exalta, por un lado, al tiempo que no se tiene un real conocimiento de las condiciones en que operan en guerras como la de Irak o Afganistán. Consecuentemente, no se protege suficientemente a los veteranos.  Mayoritariamente se tiene de las Fuerzas Armadas una idea mítica y heroica, pero poco real.  Por otra parte, no hay una preocupación sobre posibles interferencias de los militares en el orden constitucional.

El profesor Tom Nichols, de la Escuela Naval de Guerra de Estados Unidos, escribe en The Atlantic que al escalar sus ataques contra ex altos mandos militares “ha abierto la caja de pandora. Ningún presidente anterior se atrevió a poner en riesgo las relaciones civiles-militares por una causa menor o con una malicia tan infantil”. Trump, según este experto, “ha tomado un camino peligroso, atacando severamente a ex altos jefes militares que le han criticado a la vez que alabando y prometiendo subidas de salarios a militares en activo que votan y que él cree que le apoyan”. El resultado es que el acuerdo entre “obediencia militar a los civiles, y respeto de éstos hacia los profesionales militares se encuentra en serio riesgo”.     


Mariano Aguirre es analista de cuestiones internacionales y autor, entre otros libros, de “Salto al vacío. Crisis y decadencia de Estados Unidos” (Icaria editorial, Barcelona, 2017).

 
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