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Hiroshima, a 73 años de la primera bomba atómica

Hiroshima, a 73 años de la primera bomba atómica
 
Efectos de la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Wikimedia Commons

El 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzaba una bomba atómica sobre Hiroshima para obligar Japón a rendirse. Un acontecimiento horroroso que marcó las mentes para siempre y que se recuerda estos días en el mundo entero.

El 6 de agosto de 1945, a las 8.15 horas, cayó sobre Hiroshima la primera bomba atómica de la Historia. Los efectos de la destrucción fueron escalofriantes: muchas personas murieron en el momento de la explosión, y para finales de 1945 habían fallecido unos 140.000 japoneses. Hiroshima, seguida por Nagasaki el 9 de agosto, quedaron prácticamente destruidas.

Situada sobre el delta del río Ota, la ciudad de Hiroshima es un puerto de mediano tamaño para Japón, con poco más de un millón de habitantes. Hiroshima se jacta de tener una de las redes de tranvías más antiguas y extensas de Japón: varias veces al año, la ciudad pone en circulación el vagón número 6-5-1, conocido popularmente como el “tranvía irradiado”, que transita por la ciudad como un recordatorio de aquel fatídico día de agosto de 1945.

Han pasado 73 años desde que Estados Unidos puso fin a la Segunda Guerra Mundial con las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Muchas de las víctimas que sobrevivieron a la tragedia, apodadas “los irradiados” (hibakusha en japonés), llevan en su cuerpo las cicatrices dejadas por la bomba.

Entre ellas, la señora Chiyoko Kuwabara, que en aquel entonces tenía trece años: recuerda con claridad esa mañana, en la que miraba con sus compañeros de clase un avión en el cielo creyendo que era japonés “cuando de repente... BOOOM! Nos dejó caer la bomba atómica”. Momentos después, “todos los irradiados caminábamos con los brazos levantados a la altura del corazón. Escapábamos con esa postura. Parecíamos fantasmas. No podíamos caminar agarrados de la mano. Las quemaduras eran tan graves que sólo podíamos arrastrar nuestro cuerpo”.

La detonación se produjo a unos seiscientos metros del suelo, que ardió a 4.000 grados. El impacto produjo una descomunal nube de humo blanco en forma de hongo que se convertiría en el icono de una nueva época. El centro de la ciudad quedó envuelto en una nube negra como una metáfora de lo poco que se sabía de esa nueva arma secreta y letal. El efecto principal de la radioactividad es poner fin al sistema inmunológico del cuerpo, dando vía libre a infecciones y enfermedades que van desde la leucemia hasta múltiples tipos de cáncer. Al día de hoy, se sigue atendiendo a miles de supervivientes, afectados por las consecuencias de la radiación.

La rendición de Japón finaliza la Segunda Guerra Mundial

El emperador Hirohito anunció la rendición de Japón el 15 de agosto de 1945. La primera arma de destrucción masiva en la historia, una lección de horror repetida dos veces, había surtido efecto.

El general Douglas MacArthur firma el Acta de Rendición de Japón, el 2 de septiembre de 1945. Wikimedia Commons

Semanas después, el general Douglas MacArthur, en representación de los países aliados, firmaba la paz. Luego, se encargó de ocupar Japón y rescatar su sociedad de las manos de los ultranacionalistas. MacArthur y sus asesores diseñaron una nueva Constitución que marcaría un nuevo rumbo para un país que hasta agosto de 1945 creía en la divinidad de su emperador. Su Artículo 9 prohibió la fundación de un ejército para participar en conflictos internacionales.

Los hibakusha quedaron empoderados con una gran autoridad moral para defender ese Artículo 9 pero esa autoridad moral empieza a menguar, no sólo por la avanzada edad de los sobrevivientes sino también porque el actual gobierno del primer ministro Shinzo Abe lidera un movimiento que despierta recelos por insinuar un paulatino regreso a las armas, y habla de ser un contribuyente proactivo a la paz.

¿Hacia el fin de la Constitución pacifista?

Katsuto Kitagawa, director de la división de Política de Seguridad Nacional del Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón, estima que “la situación de seguridad de Japón se enfrenta a circunstancias cada vez más severas en los últimos años. Estamos en una época en la que los peligros pueden saltar fácilmente las fronteras y llegar a Japón. Hay factores como la situación geopolítica del este de Asia, amenazas cibernéticas y terrorismo, armas de destrucción masiva. Esto ha cambiado totalmente la situación. Estamos en un momento en el que Japón por sí solo no se puede defender”.

Sin embargo, pensadores liberales como el periodista Hiroaki Idaka, corresponsal de la agencia de noticias japonesa Kyodo en América Latina, consideran que la agenda nacionalista del actual gobierno busca restablecer el honor del país derrotado y darle un giro a la historia.

En la segunda mitad de este año, el gobierno aspira a aprobar leyes que apuntan a una modificación de la Constitución pacifista, pero los sobrevivientes de la bomba atómica se aferran a una Constitución sin cambios como garantía de la paz. Las nuevas generaciones quedan con una responsabilidad que a lo largo de la historia de la humanidad ha demostrado ser un reto muy difícil de asumir: recordar y no repetir los errores del pasado.
 

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