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Alemania: el desafío de la integración de los refugiados

Alemania: el desafío de la integración de los refugiados
 
Manifestantes protestan contra la decisión del gobierno alemán de expulsar a migrantes a los que no se otorgó el asilo, en el aeropuerto de Düsseldorf. 12 de Septiembre de 2017. REUTERS/Wolfgang Rattay

Entre 2015 y 2016, más de un millón de migrantes solicitaron el asilo en Alemania. Hoy, dos años después, ¿dónde están estos refugiados? ¿Cómo les va? ¿Han podido integrarse a la sociedad alemana? ¿Qué queda de esta "Willkommenskultur" o cultura de bienvenida que defiendieron muchos alemanes?

Un reportaje de nuestra enviada especial en Berlín, Lucile Gimberg. Realización Pierre Zanutto.

Para escuchar el reportaje, haz clic en la foto arriba.

Estamos en septiembre de 2015. Europa se emociona con la solidaridad de cientos de alemanes que reciben en las estaciones de trenes de Múnich, Dortmund o Frankfurt a miles de refugiados.

Para evitar una tragedia humanitaria, Alemania -a diferencia de otros países europeos- abre sus puertas a los migrantes bloqueados en la ruta del exilio por Europa.

Distribución de alimentos y agua el 1 de septiembre de 2015 cerca de la estación de trenes de Múnich. REUTERS/Lukas Barth

De costumbre muy tibia, la canciller Angela Merkel defiende su decisión con una de las pocas declaraciones que recordaremos de ella: "Wir Schaffen dass","Lo lograremos".

En total, entre 2015 y 2016, cerca de un millón 200 mil migrantes solicitaron el asilo en Alemania.

Inmigrantes escoltados por la policía alemana hasta un centro de registro después de cruzar la frontera austriaco-alemana cerca de Passau, el 20 de octubre de 2015. REUTERS/Michael Dalder/File Photo

Aprender alemán

El desafío de la integración empieza con el idioma: aprender alemán es una obligación para quienes han obtenido el asilo en Alemania.

En la sala de este curso de alemán para extranjeros de la 'Volkshochschule' en el oeste de Berlín, hay tantas nacionalidades como alumnos. Entre ellos Fahed, un refugiado sirio de 28 años. Huyó de la ciudad de Homs por la guerra y para no tener que servir en el ejército de Bachar Al Assad. Tras cruzar el desierto libio, el mar Mediterráneo y una multitud de países, llegó a Alemania hace dos años. "Estoy muy feliz de aprender alemán”, cuenta Fahed. “Es un idioma muy lindo pero ha sido muy difícil: la gramática es muy complicada, es mucha información nueva, palabras nuevas..." Pero ahora el alemán siempre le llega primero a la mente cuando quiere hablar.

¿Y sus sueños? Fahed sonríe: “¡Buena pregunta! En árabe.”

Ex estudiante de derecho en la Universidad de Alepo, Fahed es un ejemplo de integración. Ya cursa el nivel C1 en alemán. Ha encontrado un departamento y trabaja como community manager en una ONG alemana.

Un hogar suyo

Pero no todos han tenido los medios ni las redes suficientes para lograr lo mismo que Fahed. En este albergue gestionado por Caritas en el Norte de Berlín, viven 100 adultos y 30 niños. Sobre todo son sirios, pero también hay afganos, pakistaníes y albaneses.

Cada viernes, los niños ven dibujos animados en alemán con una voluntaria del barrio. Hoy "Mister Bean" se convierte en "Mustafa" en la mezcla de idiomas que hablan Zaina y sus amigas.

En este centro de acogida, llegan personas que tienen altas posibilidades de obtener la protección del Estado alemán. Pero la espera se prolonga.

"Es difícil para mí decirlo pero aquí no hago nada útil porque todavía espero la decisión de la Oficina Federal para la Migración y los Refugiados”, relata Ayoub, palestino nacido en un campo de refugiados en el Líbano. “Hasta ahora llevo 720 días en Berlín. En el Líbano, trabajaba como profesor de matemática y física", agrega.

Peatones frente al edificio de la Oficina Federal para la Migración y los Refugiados (BAMF por sus siglas en alemán) en Berlín. 15 de octubre de 2017. REUTERS/Fabrizio Benscha

Para Ayoub, será más difícil obtener el asilo. En cambio, tras siete meses de espera, Nawras y su esposa Hibba, dos palestinos de Siria, lo han obtenido por 3 años. Pero a pesar de sus esfuerzos - tomaron cursos de alemán y han participado en numerosos proyectos, no consiguen arrendar un departamento. Llevan dos años en este albergue cómodo, pero donde el ruido y la convivencia terminan siendo un peso. "Llevamos 6 años sin un hogar nuestro. Fue muy duro perder nuestra casa en la guerra, y luego tener que ir de casa en casa", confiesa Hibba sentada en su cama.

Florence Vettraino, responsable del albergue gestionado por la ONG Caritas, confirma estas dificultades. "Un 80% de las personas aquí ya tienen un permiso de residencia por lo que pueden, en teoría, encontrar un departamento pero en Berlín es complicado", explica Vettraino. “Aún más para alguien que no maneja bien el idioma. Se necesita mucha ayuda, piden muchos documentos, hay que estar acompañado durante las visitas. Y en algunos casos, puede haber cierta desconfianza por parte de algunos arrendatarios", analiza.

Ex contador en un hotel en Damasco, Nawras burla el tedio esculpiendo piezas de madera. No ha visto a ningún psicólogo a pesar de los recuerdos que lo persiguen. “Cuando trabajo la madera, me llegan malos recuerdos de lo que hemos vivido. A veces también me pongo a soñar con la vida que quisiera tener... Es muy difícil olvidar la guerra, los amigos, olvidar la vida que teníamos”, confiesa Nawras. Espera encontrar un empleo. Quiere trabajar con sus manos, “como carpintero o artista”. “No me gustar estar sentado sin trabajo. Sufro sin trabajo. En Siria estuve trabajando durante los últimos ocho años."

Cuando le preguntamos a Nawras como ha sido este proceso de integración en Alemania, responde con una palabra: Burocracia. Y se ríe.

El desafío de la integración laboral

Esta burocracia alemana también es uno de los frenos a la integración de los refugiados al mercado laboral alemán, el mayor desafío actualmente. Muchos refugiados empiezan con una práctica o el famoso "Ausbildung" alemán, un sistema que asocia estudios y trabajo en una empresa, y que ya no seduce a los jóvenes alemanes.

“Ni las empresas ni los refugiados tienen una visión general del proceso administrativo: no saben en qué etapa están, ni a qué oficina tienen que ir, hay muchos documentos que llenar, muchas reglas”, lamenta Constantin Braünig, el referente del proyecto 'Red de Empresas que integran refugiados", de la Cámara de Comercio. La iniciativa financiada por el ministerio de Economía agrupa a 1.500 empresas en toda Alemania.

“Y bueno, claro, también hay diferencias interculturales: la puntualidad, por ejemplo; y por supuesto, mientras mayor sea la empresa, más posibilidades hay de que miembros del personal voten por un partido de extrema derecha y anti refugiados", afirma Braünig.

La integración cultural de estos nuevos empleados, muchos de ellos musulmanes, también requiere formar e informar a los otros empleados, destaca Constantin Braünig. Enfrentar en serio los miedos y ofrecer un trato equitativo.

Una feria de empleo reservada a los refugiados en Berlín, el 29 de febrero de 2016. TOBIAS SCHWARZ / AFP

Es difícil estimar cuantos refugiados ya han empezado a trabajar, ya que las estadísticas específicas no son autorizadas y que muchos empiezan en el sector informal. Lo cierto es que Alemania, cuya población envejece, necesita esta mano de obra.

"Alemania hoy tiene un millón de empleos sin ocupar, con 44 millones de activos”, destaca Marcel Fratzscher, director del Instituto Alemán de Investigación Económica. El economista explica que dentro de una década, seis millones de baby-boomers se van a jubilar. “O sea que los inmigrantes -europeos o refugiados que se queden- pueden llenar algunos de estos cupos”, señala.

Por supuesto, a corto plazo significa un costo económico para el gobierno. Pero el dinero gastado en viviendas, en capacitación beneficia a las empresas alemanas y a sus trabajadores.

“A largo plazo, nuestros estudios han demostrado que dentro de siete u ocho años, cuando los refugiados se habrán integrado, la economía alemana se va a beneficiar. Entonces gastar hoy para los refugiados es una buena inversión para el futuro", concluye Fratzscher.

La extrema derecha al asedio

El desafío de la integración lleva consigo mucha espera, decepciones, pero también lindas historias. Al entrar en esta tintorería de Marzahn-Hellersdorf, un suburbio del extremo este de Berlín, vemos en el cuello de Ulricke, de 42 años, una joyita que tiene la forma de Irak y los colores de su bandera. "Es porque mi hombre viene de Irak”, explica entre risas. “Nos conocimos cuando trabajaba como voluntaria en ayuda a los refugiados y hemos aprendido a amarnos. Nos casamos hace un par de días pero llevamos dos años juntos."

Sin embargo, en el barrio pobre donde trabaja Ulricke, el discurso anti refugiados y anti islam de la extrema derecha cuela en el electorado. Aquel jueves, esta pareja de jubilados ha acudido a una reunión pública del partido AfD en un restaurante alemán-griego-búlgaro: “no tengo nada en contra de los extranjeros pero son demasiados. La criminalidad sube. Eso los medios lo esconden. Se derrocha nuestro dinero, y luego no queda nada para nosotros los jubilados.”

Los líderes del partido populista alemán AfD, Alexander Gauland y Alice Weidel, el 18 de septiembre de 2017 en Berlín. AFP/Tobias Schwarz

Más expulsiones

Desde la primavera de 2016, la cifra de las llegadas de migrantes a Alemania se ha reducido, por el cierre de la ruta de los Balkanes y por el controvertido acuerdo europeo con Turquía. Pero el tema sigue en la agenda política.

El xenófobo y populista partido Alternativa para Alemania (AfD) se ha apoderado del tema, distorsionándolo. Y en la opinión pública, el entusiasmo de los primeros meses ha dejado lugar al realismo y a interrogaciones.

Han marcado a la población las agresiones sexuales de la nochevieja en Colonia y los ataques terroristas de 2016. Presionado a su derecha por sus aliados, el gobierno ha endurecido las leyes migratorias y reforzado su política de expulsiones.

"De manera general, se otorga menos el estatuto de asilo completo, sino más bien permisos a corto plazo, es decir una protección humanitaria temporal”, explica Raphaël Bossong, especialista en política migratoria en Europa, del Instituto Alemán de Política Internacional y Seguridad. “Se han recortado algunos beneficios económicos pero además, el gobierno alemán suspendió la reunificación familiar por tres años”, añade. Este plazo va a vencer dentro de unos meses. El debate ahora es entonces si hay que renovar esta suspensión o no. "También se discuten cuestiones como el problema del idioma, las diferentes concepciones culturales por ejemplo en materia de igualdad de género", indica Bossong.

Individuos detrás de las cifras

La canciller Angela Merkel con la refugiada Nyima Jadama, de Gambia, durante una reunión con estudiantes refugiados en Berlín, 25 de agosto de 2017. TOBIAS SCHWARZ / AFP

Tras las legislativas y ante la presión de sus socios conservadores de Bavaria, Angela Merkel aceptó fijar un objetivo máximo de 200.000 refugiados acogidos en el país cada año. Y la entrada del AfD al Parlamento este año supone una plataforma inédita para el discurso xenófobo.

"A nivel nacional, al ver los resultados que consiguen algunos partidos, claro, se siente que el clima está cambiando. Pero la Willkommenskultur (la cultura de bienvenida) sigue viva”, asegura Florence Vettraino, del albergue Caritas en Berlín.

“Ya no se trata de acoger a toda la gente que acaba de llegar, sino que se hace un trabajo más a fondo. Tenemos voluntarios que nos apoyan desde hace tres años”, precisa.

Para Florence Vettraino, es muy importante cuidar la forma con la que hablamos de los que piden el asilo, “no transformarlos en multitudes ni en catástrofes naturales”. “Es importante acordarse siempre que cuando se habla de 800.000 personas que han llegado, son 800 veces una persona", concluye.

Uno de estos miles de refugiados es Ahmed, un iraquí de 30 años. Llegó hace un año y medio. En el centro de Berlín, junto a un grupo de refugiados, acaba de visitar el Parlamento. Es parte de su curso de integración, obligatorio para quienes reciben el asilo, aunque temporalmente.

"La verdad me sentí como un turista”, comenta Ahmed a la salida del imponente Bundestag. Y confiesa: “Dimos un tremendo paso en nuestras vidas para llegar hasta aquí. Pensamos que habíamos llegado a un lugar donde podríamos volver a construir una vida segura... Pero el terror nos persigue. Así que espero que el gobierno y las distintas autoridades van a manejar este asunto de una manera que nos mantenga todos a salvo, y que no nos excluya a nosotros de la comunidad aquí.”

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