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Revolución rusa: la memoria sigue al rojo vivo en San Petersburgo

Revolución rusa: la memoria sigue al rojo vivo en San Petersburgo
 
Estatua de Valdimir Lenin en San Petersburgo. V.Bondarev/RFI

Rusia conmemora el centenario de la revolución bolchevique. Aunque el Estado mantiene perfil bajo sobre este acontencimiento que cambió la historia mundial, otros sectores en Rusia alzan la voz para esclarecr la memoria histórica. Reportaje en San Petersburgo, cuna de la Revolución rusa.

-Por Raphaël Morán, enviado especial de RFI a Rusia.

San Petersburgo, un día de octubre de 2017. Entre sus iglesias, sus estatuas de Lenin y sus canales sinuosos, la segunda ciudad de Rusia conserva el recuerdo de una revolución que estremeció al mundo entero. Hace exactamente cien años, en medio de una hambruna y de la primera guerra mundial, el partido bolchevique, liderado por León Trotski y Vladimir Illich Lenin, tomó el poder en el país más grande del mundo, marcando un punto de inflexión en la historia mundial.

Cien años después de la revolución bolchevique, San Petersburgo es una ciudad moderna: hay turistas chinos que admiran los palacios dorados de la época zarista. Y en las calles circulan limusinas. Hay McDonald’s, y choferes Uber por todas partes, en gran parte son migrantes procedentes de las ex repúblicas soviéticas como Kirguistán o Uzbekistán.

>Puede escuchar este reportaje en versión audio:

Pero las estatuas de Lenin nos muestran que San Petersburgo mantiene vivo el recuerdo de la revolución bolchevique. RFI viajó a lo que fue la cuna de aquella revolución, para contárselo.

El tren de Lenin

Nuestro recorrido inicia en una de la estaciones de trenes de San Petersburgo. A un costado de la estación Finlandsky, una gran caja de vidrio protege una locomotora verde de otro siglo: un tren histórico en el que Lenin puso fin a su exilio para volver a Rusia poco antes de las jornadas de Octubre rojo.

En la entrada de la estación, un mosaico representa al líder bolchevique con su legendaria frente alta, liderando a un grupo de trabajadores, bandera roja en la mano. Y unos metros más adelante, plaza Lenin, unos turistas se sacan fotos al pie de una estatua de bronce. El brazo del líder apunta hacia la otra orilla del río Neva, donde se ubica el Palacio de invierno. Lo que fue la suntuosa residencia de los zares, se convirtió, a partir de febrero de 1917 la sede del gobierno provisional del socialista Alexander Kérensky. Y fue en la noche del 24 al 25 de octubre (6-7 de noviembre según el calendario occidental) que los bolcheviques liderados por Vladimir Illich Lenin y León Trotski tomaron el palacio, con la ayuda del regimiento de Petrograd.

“Al día siguiente empezó el congreso panruso de los Soviets que proclamó el poder soviético en el país”, recuerda Víctor Jeifets, historiador en la Universidad estatal de San Petersburgo.

Los bolcheviques: minoritarios pero vencedores

El académico subraya que los bolcheviques no eran la facción más importante, aunque crecieron muchísimo en 1917: “A inicios del año tenían apenas 30.000 militantes, y en agosto tenían 300.000”. Y sobre todo, los bolcheviques eran “los más decididos y los más consolidados internamente”, y “propusieron un programa mucho más claro y simple que los demás: entregar las tierras a los campesinos, acabar la guerra imperialista y las fábricas a los obreros”.

Un siglo después, el balance de aquel acontecimiento es ambivalente, apunta el historiador Víctor Jeifets. “El día laboral de 8 horas, las vacaciones pagadas para los trabajadores, las jubilaciones, los derechos sindicales se instauraron a nivel nacional en gran parte gracias a la revolución de octubre. E incluso en los países donde nunca hubo partidos comunistas en el poder, varios gobiernos que no querían que se repitiera la revolución en sus países, iniciaron reformas sociales para evitar el crecimiento de la izquierda.”

Blancos contra rojos: la guerra civil

Por otra parte, “hubo un lado muy negativo: el crecimiento de la violencia, la consciencia social sigue siendo muy violenta, la gente no sabe buscar compromisos”, apunta el académico de la Universidad de San Petersburgo.

Hoy, todo ese recuerdo lo resguarda el museo de la historia política de San Petersburgo, ubicado en el palacio estilo art nouveau de la bailarina Matilda Kschessinska, tomado por los bolcheviques para instalar ahí su sede.

Un grupo de alumnos camina por lo que fue la oficina de Lenin, hay ejemplares del periódico La Pravda en un sillón, tres mesas y un antiguo teléfono. Una de las ventanas da hacia un balcón donde Lenin dio una arenga en abril de 1917.

En el museo, una exposición temporal relata en detalle los acontecimientos de la revolución de octubre. Y su epílogo: la victoria de los bolcheviques en 1922 y la proclamación de la Unión de Repúblicas Soviéticas y Socialistas. Un Estado que se formó al cabo de una guerra civil que dejó millones de víctimas. “El país estaba dividido en facciones tanto geográficas como políticas”, subraya el historiador Victor Jeifets. “Según varias estimaciones, aquella guerra dejó entre 6 y 13 millones de víctimas entre los muertos, los heridos y los exiliados. Fue una cosa tremenda”, agrega.

Hijos y nietos de víctimas de Stalin alzan la voz

A cien años de la guerra civil en la que se enfrentaron los rojos y el ejército blanco el recuerdo sigue vivo en algunas familias rusas.

Alexis Chostakov, un habitante de San Petersburgo, se apasiona por la historia de su familia: es nieto de revolucionarios y de opositores, los llamados rusos blancos. En una cafetería del centro de San Petersburgo, aceptó contarnos parte del complejo árbol genealógico sacudido por la revolución de octubre de 1917.

“Mi familia se separó en dos lados. Por el lado de mi mamá, eran aristócratas, profesores, oficiales del ejército, sacerdotes que sufrieron de la revolución, algunos fueron fusilados solo por ser parte de la clase alta de la sociedad, otros se marcharon a Francia, mientras que de mi lado paterno, todos ingresaron al ejército rojo”, relata Alexis. Para Alexis, más que celebrar el centenario, se debe conmemorar lo que califica como “catástrofe”, para nunca olvidar.

Una extraordinaria movilización social, un cambio político sin precedentes y una guerra civil, la revolución rusa de Octubre fue todo esto a la vez. Pero la radicalidad de los bolcheviques les llevó a tomar medidas crueles: la creación de campos de trabajo forzado para los enemigos de la revolución.

Memorial a las víctimas del Gulag en Levachovo, cerca de San Petersburgo, Rusia. AFP

La búsqueda de la verdad

Posteriormente, con la muerte de Lenin y la toma de poder de Stalin, se creó oficialmente el GULAG, administración de campos de trabajo donde iban a trabajar y morir cientos de miles de rusos víctimas de las purgas. Tan solo entre 1937 y 1938 1.575.000 personas fueron detenidas por el siniestro NKVD, la policía política.

Ksenia Guzeyeva tiene casi 90 años. Nos recibe en su pequeño departamento. Hay poca luz, pero en las paredes reconocemos fotos en blanco y negro y cuadros de pintura. Los recuerdos de su infancia bajo la era soviética permanecen intactos. Y sobre todo el más traumático: la detención de su padre, Alexander Davidovich Misselman, un académico de la universidad de San Petersburgo, detenido y luego fusilado por la policía en 1938.

"Tras la detención de mi papá, al día siguiente que llegué a la guardería, me preguntaron por qué no había ido el día anterior. Les contesté: “¡llegaron los fascistas y se llevaron a mi papa!”. Mi respuesta causó indignación en la guardería. ¡Contestar así habría podido ser un delito! Como se hablaba mucho de la llegada al poder de los fascistas al poder en Alemania en 1933, yo había oído eso y lo interpreté a mi manera, a mis 6 años. Antes de irse, mi papá, en el umbral de la casa, me dijo 'no te preocupes, regreso pronto', y no volvió nunca”, nos contó Guzeyeva.

El Estado ruso: ¿ocultar o rehabilitar?

La señora supo que cuando su madre pidió información a la policía para saber dónde estaba su marido, “le contestaron que su marido había sido condenado a 10 años sin derecho a cualquier correspondencia”.

Tras ser detenido, el profesor Misselman fue deportado a un campo de trabajo, fue fusilado y no se supo más de él hasta los años 50 cuando el Estado Ruso lo rehabilitó. “La cosa es que en aquel momento, nadie sabía que aquel veredicto equivalía a ser fusilado. Y mi mamá siguió esperando a mi papá toda su vida. Pero ella fue forzada a exiliarse a la región administrativa de Arjangelsk, a un pueblo ubicado a 130 km de distancia la estación de ferrocarril más cercana. Fue profesora de inglés. La madrastra de mi abuela me recogió para evitar que mandaran a una casa de huérfanos”, relata Ksenia Guseyeva, con emoción.

Quien toma el relevo para contar la historia familiar es Anastasia, una de las nietas de Guseva.

Anastasia es archivista de profesión, trabaja en Tel Aviv, en Israel. Y aunque su bisabuelo Alexander fue rehabilitado oficialmente en los años 50, ella quiso ir más allá y colocar una placa conmemorativa en su honor, ubicada a unas cuadras de la casa de Guseva.

A mediados de octubre, al lado de la puerta principal del edificio, Anastasia presenció la ceremonia para la colocación de esta pequeña placa de metal que indica lo siguiente:

"En este edificio vivía Alexander Davidovich Misselman, escritor y especialista en cultura japonesa, nacido en 1900, detenido el 14 de octubre de 1937, fusilado el 18 de enero de 1938 y rehabilitado en 1956".

Putin: perfil bajo con la conmemoración del centenario

Todo ese trabajo para rescatar la memoria de Alexander, víctima de las purgas de Stalin, la familia Glazanova lo llevó a cabo con la ayuda de la ONG rusa Memorial. A través de la desclasificación de partes de los documentos de la policía secreta de la época de Stalin, la ONG se da la tarea de buscar la verdad sobre los miles de desaparecidos. Un trabajo que molesta al poder ruso. Desde 2012, el gobierno dificulta el trabajo de esa ONG que calificó de "agente extranjero". Además, la institución policial es cada vez más reticente a revelar datos clasificados sobre las purgas.

Más que enfocar reflectores sobre las responsabilidad del Estado soviético en las olas represivas, el gobierno de Vladimir Putin mantiene perfil bajo en torno al centenario de la Revolución rusa. Más allá de eventos académicos, no habrá ninguna celebración. Y en ciertos sectores, se rehabilita incluso la figura de Stalin mediante la instalación de estatuas y placas conmemorativas.

La extraordinaria efervescencia social que fue la revolución de octubre parece haber quedado en el olvido, opacada por el nacionalismo ruso, impulsado por el presidente Vladimir Putin, a la cabeza de Rusia desde 1999.

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