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Europa

El controvertido primer ministro húngaro Orban busca un tercer mandato

media El primer ministro húngaro Viktor Orban en campaña en Székesfehérvár, 6 de abril de 2018. REUTERS/Bernadett Szabo

El primer ministro húngaro Viktor Orban, uno de los dirigentes más controvertidos de la Unión Europea, parte como favorito para obtener el domingo un tercer mandato consecutivo y consolidar un poder que ha transformado profundamente Hungría limitando ciertas libertades.

Los sondeos vaticinan una ventaja de entre 20 y 30 puntos para su partido nacionalista conservador Fidesz y la principal incógnita es la magnitud de la victoria: hace cuatro años logró una supermayoría en el parlamento pero esta vez podría tener que contentarse con una mayoría relativa.

En el poder sin interrupción desde 2010, Orban, de 54 años, llamó a sus partidarios, en su último discurso de campaña el viernes por la noche, a mantenerse movilizados hasta el final.

“No basta con llegar primero en los sondeos: hay que llegar primero el día de la votación”, subrayó recordando que pese a partir como favorito al término de su primer mandato (1998-2002) acabó perdiendo aquellas legislativas.

Admirado por las derechas populistas europeas, criticado por quienes le acusan de deriva autoritaria, el primer ministro húngaro, quien se ha convertido en paladín de la lucha contra la inmigración en Europa, quiere hacer “irreversibles” las transformaciones que impulsó desde su retorno al poder.

El viernes obtuvo en Budapest el apoyo del líder de la derecha en el poder en Polonia, Jaroslaw Kaczynski, para quien “la libertad, la soberanía y la dignidad de las naciones (...) están ligadas a Viktor Orban”.

El presidente del Partido Popular Europeo (PPE) -del que forma parte Fidesz- en el Parlamento Europeo, Joseph Daul, consideró por su parte que Orban “continuará llevando estabilidad y prosperidad a los ciudadanos húngaros”.

Pero la oposición, que denuncia el clientelismo y la decadencia de los servicios públicos, guarda la esperanza de capitalizar el hartazgo de una parte de los electores ante las diatribas del dirigente contra el multimillonario estadounidense de origen húngaro Georges Soros y la “amenaza” migratoria, obsesiones de su campaña.

En febrero, un candidato opositor ganó para sorpresa de todos las municipales en un reputado bastión del Fidesz, Hodmezovasarhely, lo que provocó un terremoto en el seno del partido.

“La lógica dice que ganará Fidesz, pero existe potencialmente una sorpresa”, dice a la AFP el politólogo Gabor Torok.

El entorno de Orban es objeto de numerosas acusaciones de corrupción, ante las cuales la formación de ultraderecha Jobbik se presenta como el partido de las “manos limpias”. Sin embargo, la ausencia de pactos entre esta formación y una izquierda muy fragmentada permite, según los analistas, que Fidesz conserve todas sus posibilidades de victoria.

Admirador confeso del presidente ruso Vladimir Putin y paladín de la “democracia iliberal” -como se ha dado en llamar en los últimos años a esta mezcla de culto al hombre, exaltación nacionalista y limitación de ciertas libertades en nombre del interés nacional-, Orban ejerce desde hace ocho años un estilo de gobierno con creciente control sobre la economía, los medios y la justicia.

Estas reformas dañaron el Estado de derecho y conllevaron un retroceso de los valores democráticos, critican la oposición y numerosos observadores internacionales.

El primer ministro húngaro también multiplicó los pulsos con la Unión Europea, en particular sobre la cuestión de la inmigración. La UE abrió asimismo procedimientos de infracción contra el gobierno de Budapest debido a las leyes que refuerzan el control del poder sobre las organizaciones de la sociedad civil.

Pero el PPE, al que pertenecen también la CDU de la canciller alemana Angela Merkel y el PP del español Mariano Rajoy, nunca le retiró su apoyo. Pese a que se opone a una mayor integración de la UE, Hungría nunca ha amenazado con abandonar la Unión.

Este país es uno de los principales beneficiarios de los fondos estructurales europeos, destinados a facilitar la convergencia de las zonas más atrasadas, que contribuyeron a la reactivación económica tras la crisis de finales de los años 2000.

Este buen balance económico fue uno de los principales argumentos del gobierno en una campaña durante la cual el primer ministro no participó en ningún debate y se contentó con hacer apariciones públicas cuidadosamente escenificadas.

 
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