Escuchar Descargar Podcast
  • 16h13 - 16h30 GMT
    Resto del programa 24/06 16h13 GMT
  • 16h00 - 16h13 GMT
    Informativo 24/06 16h00 GMT
  • 14h03 - 14h30 TU
    Resto del programa 24/06 14h03 GMT
  • Emission espagnol 14h00 - 14h03 tu
    Informativo 24/06 14h00 GMT
  • 12h13 - 12h30 GMT
    Resto del programa 24/06 12h13 GMT
  • 12h00 - 12h13 GMT
    Informativo 24/06 12h00 GMT
  • 10h13 - 10h30 GMT
    Resto del programa 24/06 10h13 GMT
  • 23H03 - 23H30 TU
    Resto del programa 23/06 23h03 GMT
  • 23H00 - 23H03 TU
    Informativo 23/06 23h00 GMT
  • 21H03 - 21H30 TU
    Resto del programa 23/06 21h03 GMT
  • 21H00 - 21H03 TU
    Informativo 23/06 21h00 GMT
  • 16H03 - 16H30 TU
    Resto del programa 23/06 16h03 GMT
Para disfrutar plenamente de los contenidos multimedia, necesita instalar el plugin Flash en su navegador. Para poder conectarse, debe activar las cookies en los parámetros de su navegador. Para una navegación óptima, el sitio de RFI es compatible con estos navegadores: Internet Explorer 8 y +, Firefox 10 y +, Safari 3 y +, Chrome 17 y + etc.
Francia

A un año de los atentados, París todavía cura sus heridas

media Precilia Correia murió en el atentado del Bataclan. Su madre ha conservado su habitación tal y como la dejó aquel 13 de noviembre de 2015. Foto: Hugo Passarello

El 13 de noviembre de 2015, 130 personas eran asesinadas en París en unos ataques reinvidicados por el grupo yihadista Estado Islámico. RFI habla con los supervivientes de la tragedia. Para las cientos de personas que resultaron heridas, física y psicológicamente, fue un año de operaciones, tratamientos y terapia para sobrellevar y superar lo vivido.

En París, nadie olvida dónde estaba la noche del viernes 13 de noviembre de 2015.

Inès Daïf lo recuerda, quizás, más que nadie. Fumaba y bebía vino en la terraza del Café Bonne bière con un amigo. Apenas llegó a decirle “unos chicos nos tiran petardos en la cara” antes de darse cuenta de que una ráfaga de balas le había dejado el brazo izquierdo colgando del hueso. Otras dos balas le explotaron el tobillo. Rengueando y arrastrando a su amigo, también herido, logró entrar en el café y esconderse en el segundo piso.

“Sentía que me iba a morir. Había perdido mucha sangre”, dice hoy Inès, un año después de los atentados de París reivindicados por el grupo yihadista Estado Islámico que dejaron 130 muertos.

Cinco días estuvo en reanimación. Recién nueve meses después, en julio, pudo salir del hospital. “Ahora estoy en fase de reeducación”, dice Inès que a los 24 años tiene que volver a aprender a disponer de su cuerpo. “Me suturaron el nervio radial, me acortaron el brazo – las balas le arrancaron seis centímetros del húmero - y me sacaron partes del hueso de mi cadera para trasplantarlos en el tobillo y en el brazo”, dice Inès sentada en la terraza de un café a sólo 400 metros del Bataclan, donde masacraron a 90 personas.

Inès no sabe todavía que el dueño del café donde me citó cayó baleado por los terroristas mientras festejaba un cumpleaños en otro bar. No se perturba al descubrirlo. “He aceptado lo que pasó, y ya lo quiero olvidar. No es una negación, ni una resignación. Quiero superarlo.”

Un año de trabajo físico le tomó a Inès comprobar que los médicos tuvieron razón al no amputarle el brazo. “Recién hace un mes logré levantar el puño. Fue un milagro”, dice sonriendo. Los médicos tampoco creían que volvería a caminar y hoy lo hace con tacos altos, como si el tobillo nunca hubiera sido destrozado.

Nada permite sospechar que su cuerpo está ahora recorrido por cicatrices. Ni que todavía tiene una bala junto a la rodilla. “Me van a operar de nuevo y quedaré internada entre tres a cinco meses”.

Como Inès, otras 350 personas fueron heridas durante los ataques. Para ellos fue un año de largas horas en ergoterapia, visitas a cirujanos y kinesiólogos, y también psiquiatras.

Inès estaba tomando un vino en la terraza del Café La Bonne bière el 13 de noviembre de 2015. Estuvo cinco días en reanimación y nueve meses en el hospital. Foto: Hugo Passarello

Tuve que aceptar mi nuevo cuerpo. Cuando me miré al espejo tenía el brazo más corto y el lado izquierdo de mi cadera hundido, por los huesos que me sacaron. Mi cintura ya no es simétrica. Pero el hueso volverá a crecer. La relación con mi novio me ayudó. Pierdes tu cuerpo de mujer y lo vuelves a encontrar en la mirada de tu hombre. Y tienes ganas de probar a este hombre que vas a hacer todo lo posible para recuperarte. Hay días que me doy cuenta de que no puedo recuperar las capacidades que tenía antes. Hay días que me siento sola por lo que he vivido. Siento angustia y no tengo nadie para hablar. Te destruye la confianza, y tienes que recuperarla. Avanzar es vivir con esto. Todos los atentados me afectan, los de Turquía, los de Irak, para algunos esto es una realidad cotidiana. No tengo odio hacia las personas que me dispararon. Era gente perdida que manipula una religión. Soy franco-marroquí, mi padre, quién ya murió, era musulmán y mi madre es cristiana. Yo leí el Corán cuando tenía 16 años, pero soy atea. Este ataque me obligó a hacer una recomposición entera de mi persona, de una manera filosófica. No tengo odio.

Inès enciende su cuarto cigarrillo en una hora y recuerda que faltan pocos días para que ya sea nuevamente 13 de noviembre.

“Me voy a ir de París. Y haré algo festivo para esa fecha. Antes me encantaba la ebullición y el dinamismo de París”, dice Inès que llegó a la capital hace dos años para estudiar. “Pero ahora cuando voy al trabajo me cruzo con no sé cuántos militares armados. Ya no quiero vivir acá”.

En París, nadie olvida dónde estaba la noche del viernes 13 de noviembre de 2015.

David Fritz quizás más que nadie. A través de la ventana veía el edificio al otro lado del pasaje Saint-Pierre-Amelot. A pesar de que apenas eran las diez de la noche, ya nadie caminaba por la estrecha calle. El barrio estaba en silencio. Las luces de los departamentos apagadas. Salvo una habitación, apenas iluminada por un televisor. 

“Allá hay vida. Todo sigue normal. Y yo acá encerrado en una pesadilla”, se dijo David que junto a otras 11 o 12 personas – la memoria no le da la cifra exacta – era uno de los rehenes de los dos terroristas que todavía seguían vivos, agazapados en una pequeña pieza del Batacan esperando el asalto final de la policía.

Sólo unas horas antes, David, hoy 24 años, estaba con cuatro amigos escuchando a los Eagles of Death Metal desde el primer piso de la sala. “Fui un minuto al baño”, dice David. Su teléfono vibró. Era su padre que miraba el partido de fútbol de Francia contra Alemania. “Hubo un atentado en el estadio”, avisaba el mensaje de texto. David no terminó de guardar su teléfono en el bolsillo cuando desde la sala ya las ráfagas de Kalashnikov acallaban la música.

El resto fue confusión. Las luces se habían prendido. David se asomó desde el primer piso y miró hacia la “fosa”, el espacio abierto abajo frente al escenario. Ya la gente corría, gritaba y caía.

David no encontró la salida de emergencia que usaron sus amigos y al intentar llegar al techo saliendo por una ventana se encontró haciendo equilibrio en una fina cornisa a varios metros del asfalto. “Estaba seguro de que iba a morir. O me caía o me disparaban”.

No cayó y uno de los terroristas le ordenó entrar.

- "¿De dónde eres?", preguntó el atacante apuntándolo con la kalashnikov.

- "De Chile", respondió David, que tiene tez morena y pelo largo.

“Cuando le respondí eso vi en sus ojos desinterés. Después de eso Mostefaï no volvió a hablarme”, dice David que llama al terrorista por su nombre.

“Para mí llamarlo terrorista es poco. Todo el mundo puede ser terrorista, pero al principio somos humanos. Él era humano. Tenía dos ojos, y una boca como yo. Era un inmigrante, como yo”, dice David quien llegó a Francia a los cuatro años desde Pucón pero nunca se naturalizó francés.

Dos horas y media estuvo junto a Mostefaï y Foued, el otro terrorista, encerrados en una diminuta pieza del primer piso. Los escuchó hablar de Siria, preguntar a los rehenes sus opiniones sobre el presidente francés François Hollande. A veces Foued salía y desde el balcón continuaba disparando a quienes habían quedado atrapados en la fosa. A las 00:19, cuando las fuerzas especiales iniciaron el asalto, los terroristas se hicieron explotar. David y el resto de los rehenes salieron ilesos. “Sólo me quemé un poco la pierna con el fuego de la explosión de Mostefaï que se detonó a pocos metros de mí”.

A esa noche le siguió un año con visitas al psicólogo.

La policía evacúa a supervivientes del atentado del Bataclan en París, viernes 13 de noviembre de 2015. REUTERS/Christian Hartmann

Todos los días 13 de cada mes fueron terribles. El peor fue el 13 de septiembre. Acá es el retorno de las vacaciones y la vuelta a clases. Yo veía a todo el mundo haciendo cosas, viviendo, y yo, en el mismo lugar, en mi casa, sin poder hacer nada. Me hizo acordar cuando era rehén y veía la luz de esa televisión que iluminaba el departamento. Afuera había vida, y yo encerrado en una pesadilla. Siento que todavía es peligroso ir a un concierto o tomar una cerveza con amigos. Antes no me sentía así. Nosotros las víctimas de los terroristas, somos víctimas de todos los atentados. Sea donde sea. Ahora tengo una novia. Estamos enamorados. Pero sigo viviendo en el Bataclan. Todo está filtrado por el Bataclan. Todo lo que hago y pienso está relacionado con el Bataclan. Todo, todo, todo. Todo es Bataclan.

Espero el día en que el Bataclan no esté tan cerca de mí.

En su antebrazo izquierdo y en número romanos lleva tatuada la fecha que le marcó la vida. XIII-XI-XV. Y una V por los cinco amigos que fueron al concierto. Todos sobrevivieron.

En París, nadie olvida dónde estaba la noche del viernes 13 de noviembre de 2015.

El doctor Matthieu Langlois asegura dormir bien por las noches y no pensar en los atentados, pero no olvida que fue uno los tres médicos que entraron a la pista de baile del Bataclan a las 22:40 cuando los terroristas, ya rodeados por la policía, tenían a los rehenes en el primer piso.

Matthieu Langlois es el jefe médico de las fuerzas especiales de intervención de la policía nacional y los heridos llevaban una hora desangrándose esperando su llegada.

“Cuando hay un atentado terrorista, siempre habrá víctimas. Cuando hay una matanza, no podemos salvar a todos”, dice Matthieu, ya pasados los 40 años, y con un cuerpo que muestra el firme entrenamiento físico de su unidad. Acaba de publicar un libro sobre esa noche y dice que lo hizo para “ahuyentar las fantasías de la gente que piensa que podemos salvar a todo el mundo poniendo torniquetes”. Pero, a pesar de su impostura estoica, termina por confesar que escribió el libro para espantar un fantasma que lo persigue sólo a él aún un año después: que no pudo ni podía salvar a todos. “El libro me ayudó para decirme que no hice todo eso para nada”.

Esa noche, mientras que en la calle todo era pánico, confusión y corridas, adentro, en la pista de baile del Bataclán, todo era silencio. “Un silencio pesado” dice Matthieu. Decenas y decenas de cuerpos se apilaban en el lugar, sobre todo a la derecha. Tanta era la sangre en el piso, cuenta Matthieu, que era difícil mantener el equilibrio.

“El que pueda moverse que venga hacia mí”, gritó con la esperanza de sacar rápido a los heridos leves.

Nadie se movió.

Los que podían escapar ya lo habían hecho hace tiempo.

Entonces él y su colega, en apenas unos minutos tuvieron que comenzar el duro trabajo de clasificación de las víctimas. Están los blancos, cómo llama Matthieu a los muertos sin ninguna duda. “Y están los otros”, agrega.

Los otros se contaban por decenas. Son los que tienen heridas que no son mortales, pero no pueden moverse; los que están petrificados por el pánico; los que deben ser enviados con extrema urgencia a los hospitales; y los que, a pesar de que todavía respiran, ya no podrán ser salvados.

Los bomberos atienden a heridos delante del Bataclan, 13 de noviembre de 2015. REUTERS/Christian Hartmann

Recuerdo una joven con una herida de bala en la cabeza. Estaba inconsciente pero todavía respiraba. No tenía ninguna probabilidad de vivir, yo sabía que iba a morir. Mi rol es clasificar. Si hay gente que tiene una oportunidad de sobrevivir estoy obligado a derivarlos al hospital antes que ella.

- “¡Pero se está muriendo!”, me protestó un policía.
- “Todos se están muriendo”, le tuve que contestar.

Cuando los médicos del hospital me confirmaron que la chica falleció al día siguiente sentí alivio. Asumo mis decisiones, pero necesito saber que eran las que debía tomar. Hay que decir la verdad, para las víctimas y las familias de las víctimas, aunque sea inaceptable hay que aceptarla. La duda, la incomprensión es peor para ellos. Hay que explicar por qué tomamos estas decisiones.

El doctor Langlois habló con un psicólogo, pero sólo una vez. Prefiere conversar con sus colegas policías.

No volvió a ver a ninguna de las decenas de personas a quienes les salvó la vida.

En París, nadie olvida dónde estaba la noche del viernes 13 de noviembre de 2015.

Patricia Correia, quizás, más que nadie. Disfrutaba de su última noche en Lisboa antes de volver a París cuando los medios portugueses empezaron a comentar los ataques en Francia. Entonces hizo lo que toda madre hubiera hecho. Comenzó a llamar por teléfono a su única hija, Precilia, que vivía con ella en París.

Llamó y llamó hasta que la batería del celular de su hija cedió y sólo el contestador automático respondía.

A las 00:15, ya del 14 de noviembre, envió un mensaje de texto. "Dame noticias tuyas. Estoy preocupada con estos terribles atentados. Besos."

“Nunca recibí una respuesta”, dice Patricia que no sabía que su hija estaba con su pareja en el Bataclan. “Cuando me devolvieron el teléfono de Precilia encontré un video que hizo del concierto justo antes de los tiros. Por las imágenes sé que estaban cerca de la puerta de entrada, quizás para poder salir a fumar”. Cerca de la puerta por donde entraron a los disparos los terroristas. “Creo que murió a las 21:40 o 21:45. Fue a esa hora que se apagó la lucecita verde del chat de su Facebook, quizás hablaba con sus amigos”. Cinco balas le destrozaron el abdomen.

Precilia, soltera y sin hijos, hacía un año que había conocido a su nueva pareja, Manu, padre de dos niñas, quien murió junto a ella.

Precilia, 35 años, acababa de comprar un departamento a tres cuadras del de su madre, en Asnières-sur-Seine, un suburbio del noroeste de París, donde nació y creció. Mientras los albañiles remodelaban su futuro hogar, ella alternaba durmiendo entre la casa de Manu o la de su madre. Vivían las dos solas, como cuando era niña, sin el padre, que se había ido hace ya muchos años.

Ahí durmió el jueves 12 de noviembre. Su pijama todavía cuelga en la puerta del baño. “Es muy difícil tocar sus cosas”, dice Patricia mientras mira la habitación de su hija, tal como la dejó hace un año, cuando salió hacia su trabajo y de ahí al recital. “Ella creía que el concierto era el sábado. Pero a último momento un amigo les consiguió las entradas para esa noche”, dice y mira una foto en gran tamaño de su hija, como tantas otras que puso en el departamento. Ambas se parecen mucho, pequeñas y robustas, extrovertidas y, según me dice y nada me impide no creerle, de carácter fuerte. “En su trabajo era la delegada sindical”.

Precilia Correia, viajaba seguido a Portugal, la tierra de los ancestros de su padre. “Si alguna vez tengo un accidente”, le había dicho en una oportunidad a su madre, “quiero que me lleven al cementerio de los Placeres”. Ahí la llevó su madre, en las alturas de Lisboa, frente al rio Tajo y vigilada por el monumental santuario Cristo Rey al otro lado de la orilla. La llevó en un cajón blanco firmado por sus amigos. “Mira, le da el sol”, dice Patricia mostrado una foto del mausoleo que le cedió la municipalidad de Lisboa y que ella restauró.

Todos los días se me cierra la garganta. Te torturas por dentro. Estás habitada por el dolor. Aunque no lo muestres, a veces, cuando estás sola, te derrumbas. Hay gente que necesita un psiquiatra. No es mi caso. Yo necesito estar en acción, ayudando a las víctimas y a los familiares de una u otra manera. Así trato de volver a darle sentido a mi vida. Y a la noche, sólo logro dormir, porque estoy agotada. Siempre algo te recuerda la ausencia. Cuando Precilia volvía del trabajo, se bajaba en la estación de tren y después tomaba el colectivo para venir a casa. Si yo podía, a veces pasaba a buscarla con el coche. Me esperaba en la parada. Ayer pasé manejando por esa parada y la imaginé ahí esperándome. Voy a hacer perdurar su memoria. No tenemos que olvidar jamás lo que pasó. Jamás. Su ausencia estará presente hasta mi último suspiro. La olvidaré sólo cuando esté muerta. Y entonces ya no sufriré.

El próximo 13 de noviembre Patricia visitará, junto a otras víctimas y sus familiares, los lugares que fueron atacados hace un año. Será la primera vez de un ritual que, quizás, repetirá hasta el final para no olvidar lo que parece inolvidable, dónde estaban ese 13 de noviembre de 2015.

Sobre el mismo tema
 
Lo sentimos, el tiempo de conexión disponible para esta operación se ha terminado.