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Francia

El obsesivo rey Macron

media Emmanuel Macron recibe a Putin en Versalles putnik/Mikhail Metzel/Kremlin via REUTERS

Macron se proyecta en el ámbito internacional dejando buena impresión tras las cumbres de la OTAN y el G7. La gestualidad y una puesta en escena milimetrada marcan el "soft power" exterior en el nuevo posicionamiento de este "presidente rey" obsesionado por controlar los tiempos. 

Un recibimiento versallesco, alfombra roja incluída, y un intercambio de diferencias directo. La escena calculada al milímeto, las palabras también. Macron recibió a su invitado Putin ejerciendo de anfitrión de altura pero sin concesiones en temas como el futuro de Siria, Ucrania, la situación de los gays en Chechenia o los medios "de propaganda" rusos -como el propio presidente francés define- que pretendieron injerencias en su contra en las pasadas elecciones presidenciales.

Son los primeros pasos del estilo Macron en el campo de la política exterior. Recibir al presidente ruso con toda la pompa del Palacio de Versalles era su primera iniciativa diplomática y encerraba un simbolismo especial. Las diferencias y fricciones -que el propio Putin subrayó- fueron evidenciadas en medio de un escenario de altos honores y una postal de revista turística. "Nos hemos dicho todo" resumió Macron tras un encuentro en el que ambos sacaron músculo en sus posiciones más divergentes. Una especie de sinceridad diplomática de sello de lujo con la que el joven presidente francés aspira a mejorar el diálogo entre Europa y Rusia. Es pura imagen, pura superficie, pero en política los gestos son mensajes, y el "soft power"  el poder blando, no militar  a veces es tan eficaz como el duro.

La visita de Putin a París respondió a una invitación ligada precisamente a la inauguración de una muestra que conmemora los 300 años del viaje del zar Pedro el Grande a la Corte de Versalles. Debido a esa relación especial, cada presidente francés tiene que medirse con su homólogo ruso desde el principio de su mandato.

Aquí la psicología cuenta como parte de la diplomacia y en la memoria colectiva planeaba el fuerte encontronazo entre el expresidente Sarkozy y el propio Putin en 2008 durante una reunión del G8, tras la cual, Sarkozy compareció ante la prensa en un estado que algunos atribuyeron al consumo de alcohol pese a ser archiconocida su condición de abstemio. La realidad era algo distinta. Sarkozy venía de digerir un shock tremendo después de que Putin le espetara: "Si continuas hablándome en ese tono, te aplasto". El líder ruso, muy dado a este tipo de golpes de efecto, pudo intentar algo parecido con Macron, pero desde luego, el joven presidente francés tiene aprendidas casi todas las lecciones, y no apareció conmocionado.

Tras dos semanas en el Elíseo, Macron ha ofrecido ya numerosas señales sobre el estilo que adoptará en su mandato. El "presidente normal" que François Hollande quiso encarnar obteniendo un sonoro fracaso, ha dado paso a un presidente representante de esa idea de grandeza francesa como De Gaulle ycontrolador de los tiempos como Mitterrand. Ese manejo de las manecillas del reloj se ha convertido en su obsesión. El Elíseo, al contrario que en tiempos de Hollande, se ha convertido en una caja hermética, para disgusto de la prensa. Es el presidente quien marca cuando se deben concoer las cosas. Ni antes ni después. 

Este control milimetrado también se traslada a la dimensión internacional. Las crónicas coinciden en que sus primeros pasos en la política exterior, especialmente durante el G7 en Sicilia el pasado fin de semana, le han dotado de una estatura poco habitual para un novato en el poder. Es como si Macron hubiese estado ejerciendo el poder durante años porque su apego al ejercicio de la autoridad es nítido.

El pulso con Putin tuvo como antesala otro con Donald Trump. Macron siente el deber de defender el legado de la Cumbre de Clima de París frente al imprevisible inquilino de la Casa Blanca.

Las dosis de pragmatismo para encarar el asalto ya fueron anunciadas por el propio presidente francés incluso en campaña. La sincera decepción de Merkel contrastaba con las palabras de Macron que decía ver "progresos" en sus acercamientos con Washington. Probablemente la escena tampoco respondiese a nada espontáneo, más allá de las complicidades evidentes mostradas en Sicilia entre Merkel, Macron y Justin Trudeau, primer ministro canadiense. "Lo adora. No deja de tocarle, los hombros, la espalda, y eso no suele ser común en ella", decían algunos periodistas que suelen cubrir a la canciller alemana respecto a su trato con Macron, según recogía en su crónica el enviado especial a Sicilia del diario Libération.

Parece evidente que los primeros pasos de Macron en cumbres como la de la OTAN en Bruselas y del G-7 en Sicilia, le han dado la oportunidad de proyectarse como una alternativa cosmopolita e intelectual al nacionalismo impulsivo del presidente estadounidense, Donald Trump.

En las legislativas, si se confirma lo que apuntan todos los sondeos, los franceses plebiscitarán a este "presidente-rey" que conjuga modernidad y épocas (y referentes) del pasado, dotándole de una mayoría parlamentaria que le permita llevar a cabo su programa de gobierno. Veremos entonces si el poder no lo erosiona pese a su obsesivo control de los tiempos y si los franceses otorgan la dicha de ¡Larga vida al rey Macron!

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