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Eutanasia en Francia: ¿esta vez sí?

Eutanasia en Francia: ¿esta vez sí?
 
La ley francesa sobre el “Fin de la Vida”, o Ley Leonetti, aprobada en 2005 y reformada en 2016, solo autoriza la sedación profunda hasta la muerte. Flickr CC / Nicolas Mirguet

La batalla en Francia por la legalización de la eutanasia y el suicidio asistido arranca una nueva fase. El combate tiene lugar bajo el gobierno Macron y hay indicios claros de que, esta vez, los defensores de una ley que autorice estas dos prácticas sí ganen la batalla perdida que libran desde hace más de tres décadas.

Aunque el presidente francés no ha revelado sus convicciones sobre el complejo tema del fin de la vida, la semana pasada 150 diputados -la mayoría del partido de gobierno- exhortaron públicamente a legislar antes de que termine el año en pro de que los enfermos termínales puedan disponer libremente de su cuerpo y su destino.

Apenas unas horas después, la prensa publicó una petición firmada por 260 mil personas que reclaman la autorización en Francia del suicidio asistido y la eutanasia.

Los Pronunciamientos de legisladores y ciudadanos dan señales de vida a la legalización de estas dos prácticas prohibidas por ley pese a que, según un sondeo Ifop, 95% de los franceses son favorables a la eutanasia, es decir que el cuerpo médico provoque deliberadamente la muerte del enfermo en fase terminal y 90% de está a favor del suicidio asistido, o sea que el paciente se la provoque a sí mismo auxiliado por personal competente.

Hasta ahora, si un francés opta por cualquiera de estas dos opciones tiene que cruzar la frontera e ir a Bélgica, Holanda, Luxemburgo o Suiza, los países europeos donde están legalizadas.

Pesadilla o eutanasia enmascarada

La ley francesa sobre el “Fin de la Vida”, o Ley Leonetti, aprobada en 2005 y reformada en 2016, sólo autoriza la sedación profunda hasta la muerte: una inyección de morfina que se aplica al enfermo en fase terminal, tras dejar de alimentarlo e hidratarlo, para que caiga en un sueño profundo hasta su deceso.

Una praxis que causa enojo tanto en los movimientos pro eutanasia como en sus detractores. Los primeros consideran que, además de restringir las posibilidades del enfermo respecto al fin de su vida, puede implicar para ciertos pacientes una agonía.

Si el cuerpo resiste semanas sedado, el paciente terminará muriendo de hambre y de sed y no hay estudios científicos que prueben si sufre o no durante este proceso, denuncian los defensores de la eutanasia. Descontentos igualmente, los opositores condenan la sedación profunda y continua, no por su eventual crueldad, sino por considerarla una eutanasia enmascarada.

La Ley Leonetti también establece que el paciente escriba al ingresar al hospital unas consignas anticipadas sobre el fin de su vida y que deben ser de obligatorio cumplimiento por el cuerpo médico. El texto contempla que el enfermo nombre a una persona de confianza para que tome las decisiones en caso de que caiga en un estado de coma que le impida posteriormente expresar su voluntad.

Pero en el hospital, las cosas no funcionan siempre como lo prevé la ley principalmente porque le está reservado al médico su derecho a considerar dichas consignas como inapropiadas. Esto hace que la decisión quede a discreción total de galeno perdiendo así su carácter obligatorio

Historia de una inyección letal

La lucha en el mundo por el derecho a la eutanasia y el suicidio se remonta a los albores de los años 80 cuando la esperanza de vida aumentó notoriamente al mismo tiempo que crecía la toma de conciencia de que la muerte muchas veces llega de manera cruel, causando agonía y sufrimiento.

Este movimiento militante dio origen a asociaciones en varios países agrupadas en una Federación Internacional cuya reivindicación es que cada persona pueda apagar su luz como mejor le convenga en el momento en que el fin de su vida se hace inminente.

Pero tuvieron que pasar dos décadas antes de que se promulgase la primera ley en el mundo autorizando la eutanasia. En 2001, Holanda se convirtió en el país precursor validando a través de una legislación una jurisprudencia que autorizaba la eutanasia y que, en realidad, regía desde años atrás.

En Europa le siguieron los pasos Bélgica, Luxemburgo y Suiza. En Estados Unidos, el estado de Oregon fue el primero en legalizar el suicidio asistido. Y hasta el momento, Colombia es el único país latinoamericano en el que la eutanasia es legal.

La muerte dulce

Detrás del activismo pro eutanasia en Francia hay una figura emblemática: Jean Luc Romero, filósofo, escritor y presidente de la Asociación por el Derecho a Morir con Dignidad.

“Lo que nosotros queremos es que la persona y solo ella pueda escoger lo que considera mejor como fin de su vida. Que se deje de promulgar leyes hechas por los médicos para los médicos y que legislemos colocando en el centro de la decisión a la persona que va a morir”, dice Romero resumiendo esa lucha que busca remplazar la agonía por una muerte dulce, que es la definición en griego de la eutanasia.

Según las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estudios demográficos (Ined), cada año se practica en Francia la eutanasia, prohibida por ley, en unas 4600 personas. Romero insiste en que una ley que autorice la eutanasia y el suicidio asistido evitaría los riesgos y peligros inherentes a toda actividad clandestina y protegería a los enfermos de los desvíos en que, de hecho, se incurre por la ausencia de una legislación en este sentido.

“Uno podría decir, ah, qué bueno, esas personas pidieron que las ayudaran y fueron escuchadas, los médicos se arriesgaron por ellas. Pero, el mismo estudio muestra que solamente 1100 de esos enfermos solicitaron el producto letal, y que los 3500 restantes lo recibieron sin haber pedido nada”.

Una puerta que no se debe abrir

Alliance Vita es una asociación cercana a los movimientos católicos más tradicionalistas que, bajo la consigna de promover la vida humana y el respeto de la dignidad de todas las personas, abandera en Francia la lucha contra el aborto y la eutanasia.

Alliance Vita rechaza de plano la eutanasia y el suicidio asistido pero también está en contra, en acorde con la legislación francesa, al llamado ensañamiento terapéutico: ese encono de médicos y familiares por mantener a toda costa en vida al paciente.

La asociación propugna porque el enfermo en fase terminal sea acompañado hasta el final y que, para tal efecto, se desarrollen las unidades de cuidados paliativos. Un servicio al que, según la Ley del Fin de la Vida, todo enfermo en fase terminal debería tener acceso pero que, en la práctica, se restringe a un 20% de estos pacientes en el país.

Caroline Roux, directora internacional de Alliance Vita, insiste en que la opción “morir o sufrir” de la que hablan los defensores de la eutanasia no tiene validez actualmente con los avances de los tratamientos anti dolor.

Ella alerta, en cambio, sobre la cadena descontrolada que, a sus ojos, puede desatar la legalización de la eutanasia y el suicidio asistido: “Uno ve en Bélgica u Holanda que a partir del momento en que se abre la puerta a la eutanasia, no se para de ir cada vez más lejos. Bélgica legalizó la eutanasia para menores y ahora contempla hacerlo para las personas con depresión, que tienen más de 70 años y están cansadas de vivir. Quiere la eutanasia, pues usted tiene toda la razón. Con esto se le está diciendo a la sociedad que hay vidas que no valen la pena ser vividas”.

La discusión sobre la actitud más adecuada respecto al fin de la vida se sale de los linderos del derecho para instalarse en un debate ético tan antiguo como la humanidad.

Es un debate filosófico y teológico. Tal vez fue esta la razón por la que, a mediados de febrero, el presidente Emmanuel Macron invitó a una cena a los líderes pro eutanasia junto a los representantes de los principales cultos del país: católico, protestante, musulmán y judaísmo. Una cena en la que laicos y religiosos hablaron de bioética.

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