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General

Espiar, registrar y exhibirse: el fin de la privacidad

media

Entre el espionaje masivo que practican algunos Estados, el registro informático de casi todos los actos cotidianos, y la tendencia a hacer públicos aspectos de la vida privada existe un vínculo estrecho. Los Estados acumulan datos sobre las personas mientras estas divulgan su cotidianeidad a través de las llamadas redes sociales. El punto de encuentro entre estas tendencias es una pérdida de la privacidad y una injerencia del Estado que puede ser usada de forma autoritaria, eventualmente preventiva, para el control social.

La reacción de Washington ante la revelación de que obtiene secretamente información sobre sus propios ciudadanos cada vez que hablan por teléfono, por Skype o mandan un correo electrónico y que espía a los aliados europeos ha sido ofenderse y movilizar a medio mundo (incluido el espiado) para que le ayuden a atrapar a Edward Snowden.

 
Estados Unidos ha hecho saber que viola la privacidad para garantizar la seguridad, y nadie debería molestarse; menos aún los Estados europeos que durante años han aceptado compartir información e inteligencia. Respecto de los ciudadanos estadounidenses, y los británicos y franceses que ahora se sabe que son espiados por sus gobiernos, tienen que saber que el Congreso aprobó (secretamente) que se les espiara, y reflexionar: si quieren seguridad frente al terrorismo hay un precio en libertad a pagar.
Varios gobiernos europeos han manifestado sus protestas pero Bruselas ya anunció que no tomará ninguna medida. De todos modos, sería muy difícil hacer algo una vez que desde hace décadas Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, además de los acuerdos entre Washington y la UE, han desarrollado un complejo sistema de control e intercambio de información. Entretanto, las organizaciones como Wikileaks y las que defienden la libertad de expresión han quedado en minoría y en un segundo plano frente al caso Snowden, el “soplón”, el espía que delató el espionaje y que ahora vive en un limbo jurídico esperando un posible asilo en Venezuela o Nicaragua.
 
Pero el espionaje masivo no es solamente una cuestión entre Estados, sino que se enmarca en el cambio cultural que ha destruido la barrera entre el espacio privado y el público. Según encuestas recientes, al 36% de los ciudadanos estadounidenses no le importa que el Estado lea sus correos electrónicos o escuche sus conversaciones telefónicas. En 1972 el caso Watergate llevó a la renuncia del presidente Richard Nixon por espiar a la oposición del Partido Demócrata. Hoy nadie renunciará porque la gravedad del espionaje  ha perdido peso, especialmente entre aliados. 
 
Posiblemente en Europa haya más preocupación ciudadana por no ser espiados, pero aparte de las protestas del momento nada va a cambiar porque  nos hemos acostumbrado a dar cuenta de cada paso que damos en la vida diaria. En su libro The new digital age, Eric Schmidt y Jared Cohen afirman que somos la primera generación de seres humanos que dejamos una huella electrónica indeleble cuando compramos, vendemos, asistimos a un espectáculo o retiramos dinero del banco. Pero además de estas tareas útiles y necesarias hemos pasado a ocuparnos de la vida de los otros, y a exhibir nuestra intimidad como un entretenimiento.
 
Cada persona una estrella
 
Conquistar la privacidad liberal y establecer la diferencia entre la esfera pública y la privada costó varios siglos. Los siervos se transformaron en ciudadanos, y las Iglesias y los Estados dejaron de tener poder absoluto sobre la vida de las personas. Pero estas libertades fundamentales están siendo arrasadas por Estados que espían cada vez más, y por el uso de tecnologías que permiten que cada persona con un ordenador y un teléfono móvil se sienta una estrella de cine, un político, un jugador de fútbol, un cantante, una top model o sencillamente alguien que puede exhibir su vida y tener seguidores (en Twitter) y amigos (en Facebook), y eventualmente mostrarse y ponerse en venta (por Skype). Quizá Snowden y Julian Assange sean menos héroes de las libertades públicas que individualistas expertos en tecnología de la información en busca de fama entre los hackers y el mundo cibernético.
 
Esta historia, sin embargo, no empezó con Twitter. Como casi siempre la televisión ha ido a la vanguardia. Los productores de televisión hace ya años dieron un salto de gigantes al convertir al espectador en estrella. En programas como Gran Hermano los telespectadores se sienten profundamente identificados, amando u odiando, a personas similares o diferentes a ellos. Más aún, en programas sobre cómo aprender a ser modelos, bajar de peso o sobrevivir en una isla, a los espectadores se les ha dado el derecho a votar y decidir sobre el premio más preciado: que otros puedan permanecer o ser expulsados de los programas (y del efímero estrellato). Cerrando el círculo, el mercado premiará a los triunfadores que podrán llegar a ser cantantes o actores de segunda categoría.
 
Paralelamente, han proliferado los programas en los que estrellas del cine y la televisión, cantantes, deportistas y supuestas estrellas, además de sus familiares, parejas y ex parejas discuten, pelean, se insultan, pleitean judicialmente y abren su vida a supuestos periodistas que, como los antiguos paparazis,  aparentemente les persiguen. En un nuevo programa de la televisión danesa mujeres se exhiben desnudas ante un grupo de hombres que opinan sobre sus cuerpos.
 
Convertido el ciudadano anónimo en personaje público, la privacidad de todos pasa a ser simbólicamente eliminada. Como en otros campos de la ciencia, un uso perverso de avances que cumplen excelentes funciones en miles de campos de la esfera pública y privada  puede causar estragos. Así, el debate público ha quedado sustituido por el ruidoso talk-show televisivo,  la explicación minuciosa por los 140 caracteres de Twitter, la declaración política por un anuncio en Facebook, el diálogo y la deliberación por el text message, y la lectura del periódico por una rápida vista a la tableta.
 
Hasta los Talibán anunciaron por Facebook hace pocas semanas que iniciaban diálogo con Estados Unidos, y tanto el presidente egipcio Mohamed Morsi como los militares que le destituyeron tuitearon, desde perspectivas diferentes, que se avecinaba el fin de la presidencia de los Hermanos Musulmanes.  De la misma forma, los terroristas que atentaron en Boston contra la maratón en abril pasado fueron dejando constancia de su creciente radicalización en Facebook.
 
Top SecretAmerica
 
El espionaje fue durante siglos tarea de pocos espiando a círculos reducidos de poder, se tratase de estados o empresas. A la vez, el poder siempre estuvo interesado en espiar a ciudadanos sospechosos de actividades subversivas. Espiar era y es una práctica habitual en sociedades represivas. La famosa Stasi en Alemania Oriental o los confidentes que tenía el franquismo en España eran parte de sistemas de denuncia y corrupción. La película La vida de los otros muestra la forma artesanal que se usaba en Alemania del Este para espiar a un escritor sospechoso y el uso corrupto que se hacía de la información.
  
El nuevo espionaje, especialmente en países democráticos con alto nivel tecnológico, se basa menos en espías como los que ha descrito John le Carré en sus novelas y más en centros de alta tecnología que en nombre de la seguridad tratan de descifrar palabras claves, nombres sospechosos. La explicación y excusa para esta gigantesca operación de espionaje en la vida privada de millones de personas es la seguridad. Si se quiere estar seguro contra el terrorismo, se nos dice, es preciso ceder parte de la libertad al Estado, quien crea sus organismos propios y también subcontrata a empresas, como Booz Allen Hamilton, que trabaja para la CIA y empleaba a Snowden. 
 
Los ciudadanos nos hemos convertido en protagonistas de nosotros mismos pero somos, como en la película de Steven Spielberg Minority Report,  crecientemente controlados preventivamente. El paso siguiente podría ser que la información acumulada sobre determinadas personas o grupos sociales se use para detenerlos o procesarlos anticipadamente. O que las empresas analicen las preferencias políticas de alguien antes de contratarlo basándose en sus lecturas, amistades, viajes y mensajes en las redes sociales.
 
Después de septiembre de 2001 Washington perfeccionó y amplió de forma gigantesca su capacidad de espionaje a inteligencia. Una investigación del Washington Posttitulada Top SecretAmericar eveló  que desde 2001 el gobierno de Estados Unidos creó 33 centros de análisis de inteligencia con 854,000 personas que trabajan de una forma u otra en espionaje para el gobierno. Gran Bretaña ha seguido la misma dirección, y no es difícil que otros países hagan lo mismo.
 
Aprovechando la legitimidad que dieron los espectaculares ataques en New York y Washington, se dedicaron fondos a establecer programas de espionaje en diversas partes del mundo. Se empezó espiando a supuestos terroristas en nombre de la seguridad pero se acabó  recogiendo datos sobre la UE y sus estrategias comerciales, los miembros del G-20, miles de ciudadanos “indignados” en Wall Street, y al final acerca de todo aquel que mande un correo electrónico. La privacidad se ha vuelto un bien escaso, y si continúa esta tendencia, se encuentra en vía de extinción.


Mariano Aguirre es analista de política internacional.

 

 
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