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General

¿2017, el año crítico para el orden liberal?

media Manifestantes con máscaras del presidente electo Donald Trump y de la líder del partido de extrema derecha alemán AfD, Frauke Petry, protestan contra los tratados de libre comercio de la UE con Canadá y Estados Unidos. Berlin, septiembre de 2017. Odd ANDERSEN / AFP

Toda predicción sobre política internacional en 2017 se remite al triunfo de Donald Trump y a las diferentes respuestas sociales de ciudadanos enfadados y resentidos con los efectos de la globalización. Tanto en Estados Unidos como en otros países este resentimiento está dando lugar a movimientos, líderes y partidos que rechazan el orden democrático liberal que ha regido el sistema internacional durante las últimas seis décadas.

Mariano Aguirre es senior advisor en el Centro Noruego de Resolución de Conflictos (Oslo).

Políticos y analistas temen que la presidencia de Trump altere las líneas maestras del orden económico y político liberal que se instauró desde el final de la Segunda Guerra Mundial y que ha liderado Estados Unidos. Así mismo, y según las sugerencias del futuro presidente, podría verse modificada la arquitectura de seguridad que gira en torno a la OTAN y los acuerdos de Washington con Japón y Filipinas.

Las diversas indicaciones que Trump ha dado sobre sus futuras políticas, y el tipo de personalidades que está designando para su gobierno, podrían servir de ejemplo y estímulo para líderes y movimientos similares.

Políticamente el orden liberal se basa y promueve la democracia parlamentaria como la forma ideal de organización social. Ese orden liberal ha evolucionado en las últimas décadas promocionando la desregulación de las economías nacionales y globales favoreciendo el libre movimiento de bienes y capitales, la creciente preminencia del capital financiero (y especulativo) sobre las inversiones productivas, y el establecimiento de alianzas transnacionales de libre comercio.

Pero cada vez más analistas y algunos políticos se empiezan a alarmar ahora por las consecuencias que han tenido y tienen las denominadas políticas neoliberales. Primero, el aumento sideral de la desigualdad entre las élites y los sectores más bajos y de las empobrecidas clases medias a partir de la crisis financiera que comenzó en 2008. Se ha hecho cada vez más visible que las élites se apoyan entre sí, generan sofisticados mecanismos de evasión de impuestos. Segundo, la progresiva destrucción de empleos estables y el crecimiento de la precariedad laboral. Tercero, el abismo entre la masa de jóvenes mejor formados y la falta de oportunidades laborales. Cuarto, el movimiento masivo de población rural hacia las ciudades buscando trabajo, y desde ahí hacia otros países en los mismos continentes o hacia Europa o Estados Unidos. Y quinto, la rápida incorporación de alta tecnología (robotización e inteligencia artificial) que sustituye a mayor velocidad de la que crea puestos de trabajo humano.

Nada de ésto es nuevo. En todo caso, Trump actuará como un detonante y, en el medio plazo, generará más resentimiento al no cumplir las promesas que está haciendo de crear trabajo y bienestar a quienes ya no confían en el orden liberal.

En 2017 veremos crecer la tensión entre los sectores sociales excluídos y las élites, tanto en países ricos y democráticos como pobres y marginados. Y dentro de las mismas élites, las diferencias entre reformadores y optimistas. O sea, entre quienes consideran que el sistema económico financiero puede continuar su crecimiento en la medida que se instrumenten medidas distributivas, y quienes piensan que la “mano libre” del mercado creará nuevas oportunidades.

Gente resentida y enfadada

La victoria de Trump coincide con el auge de liderazgos políticos y movimientos sociales manifiestamente anti-liberales en el terreno político y confusamente liberales (y neo-liberales) en el terreno económico. Este es el caso de los gobiernos en Rusia, China, Turquía y un grupo de países del Este europeo como Polonia, Hungría, Eslovaquia y la República Checa.

Después del final de la Guerra Fría se consideró en círculos políticos y académicos que la democracia liberal sería el objetivo al que naturalmente se moverían todos los países. Casi tres décadas después la realidad es muy diferente.

El anti-liberalismo político se manifiesta en países como los mencionados que han hecho tajantes y rápidas transiciones entre diversas formas de economías centralizadas a las de libre mercado. Pero también crecientemente en democracias firmemente establecidas, como Estados Unidos, Francia, Alemania, Holanda y Dinamarca.

En estos últimos países han crecido la influencia y el peso electoral de partidos políticos y movimientos sociales con ideologías anti democráticas, chovinistas, racistas, y contrarias a la inmigración. Estas organizaciones y líderes políticos utilizan todas las técnicas modernas de comunicación a la vez que introducen la mentira y las noticias falsas como arma política, desafiando a los medios de prensa tradicionales. Por otra parte, practican el oportunismo político para ganar, por ejemplo, el voto femenino al mismo tiempo que reivindican una masculinidad tradicional, como hizo la campaña de Trump.

Estos líderes y movimientos son nacionalistas críticos de la globalización, a la vez que, coincidiendo en este punto con parte de la izquierda anti-globalización, culpan a las políticas liberales de cerrar puestos de trabajo y deslocalizarlos hacia China, México y otros países donde aprovechan la mano de obra más barata y la falta de regulaciones laborales, medio ambientales y sindicales. Esta crítica a la globalización impacta sobre los tratados de libre comercio (como el NAFTA en Estados Unidos, Canadá y México) o el recientemente firmado Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). Igualmente, alienta a los críticos de la Unión Europea (UE).

Los Partidos por la Libertad (Holanda), el Frente Nacional (Francia), el Partido de la Libertad (Austria), el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), Alternativa para Alemania (AfD), los Verdaderos Finlandeses, y los Demócratas de Suecia son algunas de las organizaciones que han ganado espacio electoral y han logrado formar un grupo parlamentario en la Unión Europea.

En el espectacular caso británico, UKIP logró que la mayoría de los votantes en el referéndum celebrado en 2016 sobre la pertenencia del Reino Unido a la UE votara en contra de los tradicionales partidos Conservador y Laborista. Estos partidos empujan, además, al resto de las organizaciones políticas a adoptar políticas más conservadoras.

Llamando a la puerta

Los electores de estos partidos, al igual que los que llevaron a Trump al poder, no son sólo excluídos y marginados sino también resentidos por otras razones: por el creciente papel de la mujer en la vida pública y privada, por los cambios en las costumbres sexuales de las sociedades modernas o bien por la presencia de musulmanes en los países del Norte.

Por otra parte, grandes sectores de población en países del Sur, o zonas marginales en países ricos, no encuentran trabajo y medios de subsistencia, convirtiéndose en una masa de ciudadanos que presionan. Son los “extraños llamando a la puerta”, como les llama el sociólogo Zygmund Baumann, a los cuales se les ofrecen muros, campos de concentración y creciente rechazo social.

En el año que se inicia estas tendencias se harán mucho más evidentes, y plantearán grandes desafíos para los defensores de un sistema democrático que se empieza a encontrar bajo un serio asedio.

 
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