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Sinyar, la vida después del grupo Estado Islámico

Sinyar, la vida después del grupo Estado Islámico
 
Un combatiente yazidí camina por las ruinas de Sinyar en Irak. Hugo Passarello Luna

En la ciudad iraquí de Sinyar, a sólo 50 kilómetros de la frontera con Siria, reina la desolación. Yazidíes y cristianos han tenido que huir tras la ocupación del grupo yihadista Estado Islámico. Hoy, pocos han podido volver a la ciudad retomada.

Más del 70% de Sinyar fue allanado durante la larga batalla por recuperarla de las manos del grupo yihadista Estado Islámico. Un viento continuo es lo único que se mueve entre las calles desiertas.

"Cuando llegó el Estado Islámico destruyó todo lo relacionado con los medios. Cerraron todos los diarios y revistas de la ciudad. Incluso atacaron nuestro local con armas. Yo me fui con mi familia inmediatamente. Si me hubiera quedado me habría convertido en una de las primeras víctimas de la tortura", explica el periodista Murat Haskani.

Sinyar fue tomada por el Estado Islámico en agosto de 2014. Gran parte de los habitantes de la ciudad eran miembros de la comunidad yazidí, una minoría religiosa kurda preislámica. El "ángel" de los yazidíes, representante de Dios sobre la Tierra, es Melek Taus, que muchos musulmanes, y también cristianos, confunden con Satanás.

Los islamistas los consideran entonces adoradores del diablo y por eso los yazidíes fueron el principal blanco de atrocidades. Centenares de hombres fueron ejecutados. Las mujeres que lograron sortear la muerte fueron utilizadas como esclavas sexuales de los yihadistas. Los niños fueron enviados a escuelas coránicas para ser adoctrinados bajo una interpretación fanática del Islam.

El Estado Islámico buscaba borrar todo rastro del yazidismo. Luego de 15 meses bajo el control yihadista, Sinyar fue finalmente recuperada en noviembre de 2015 por las milicias kurdas: los peshmergas, "los que enfrentan la muerte".

Murat Haskani volvió a su ciudad y a su radio el mismo día de la liberación. "Fui el primer periodista que llegó a Sinyar", cuenta, pero no tenía entre sus manos ni cámara, ni grabador, ni siquiera papel para escribir una historia. "Hoy por culpa del Estado Islámico, tuve que dejar todo eso. Sólo tengo dos fusiles Kaláshnikov".

"No puedo describir mi emoción cuando regresé a la ciudad. Me sentí triste. El Estado Islámico no tuvo piedad. Son bárbaros. No son humanos", prosigue Murat.

Seis meses después de la recuperación, Sinyar todavía no tiene agua, ni electricidad, ni escuelas, ni nada que permita el regreso de su población. Antes del conflicto, había 40.000 habitantes. Hoy, sólo 20 familias volvieron a sus casas.

Quienes lograron escapar de Sinyar encontraron refugio en la Región Autónoma del Kurdistán, en el norte de Irak. Ahí todavía viven decenas de miles de yazidíes que esperan poder regresar a sus hogares. Pero uno de los desafíos será la convivencia con sus antiguos vecinos.

Sinyar, como varias ciudades de Irak, albergaba varias comunidades, tanto étnicas como religiosas. Los yazidíes convivían con árabes que, en Sinyar, profesaban en su mayoría la rama sunita del Islam. A la llegada de los yihadistas, algunos de los árabes se aliaron con ellos.

Tahseen Kamal, que regresó con su mujer y sus dos pequeños niños de 4 y 3 años, explica que "antes las comunidades vivíamos juntos y bien. Las familias que no ayudaron al Estado Islámico pueden volver y podremos volver a vivir juntos. Pero es imposible que regresen los árabes que ayudaron a los yihadistas. Tengo miedo de que lo mismo vuelva a ocurrir y que les pase a mis niños. El problema no es que sean musulmanes. Acá en la ciudad tenemos peshmergas que son musulmanes y para mí es normal".

Tahseen Kamal y su familia de regreso a su hogar en Sinyar, Irak. Hugo Passarello Luna

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, dijo en un ya famoso discurso en agosto de 2014 que las atrocidades cometidas contra los yazidíes podrían ser calificadas como genocidio.

Cuando Sinyar volvió a manos de las fuerzas kurdas se encontraron varias fosas comunes con centenares de cuerpos. Organizaciones no gubernamentales como Amnistía Internacional denunciaron, ya en diciembre de 2014, que incluso niñas, algunas de apenas 12 años, fueron secuestradas por el grupo Estado Islámico para ser utilizadas como esclavas sexuales.

"En la guerra pasa que la gente se mate, que uno mate a su enemigo. Pero acá mataron nuestro honor. Y para mí eso fue horrible. Tengo la esperanza de que la liberación sea total. De que el Estado Islámico esté lejos, de que podamos reconstruir la ciudad y liberar a nuestras cautivas", prosigue Tahseen Kamal.

Todavía miles de mujeres siguen en manos del Estado Islámico, que obtiene fondos gracias al rescate que se paga por ellas. Tahseen refiere la historia de un amigo que tuvo que entregar más de 10.000 dólares para recuperar a su hermana. Una historia que se repite en otras familias yazidíes.

A sólo 12 kilómetros al norte de la ciudad se extiende el monte Sinyar. Su cima está hoy recubierta por un gran campo de refugiados de yazidíes. El monte fue el primer destino de los miles de habitantes que escaparon, apenas con la ropa que llevaban puesta. Durante nueve días estuvieron atrapados allí arriba sin comida y poca agua.

Fueron los bombardeos de Estados Unidos y la llegada desde Siria de las Unidades de Protección del Pueblo Kurdo (YPG), el brazo militar del Partido de la Unión Democrática (PYD), principal formación política kurda en Siria, que lograron salvar in extremis a los yazidíes varados en el monte. Sólo después pudieron ser evacuados hacia Siria y hacia el norte del Kurdistán.

Hoy miles de yazidíes volvieron a instalarse en el monte mientras esperan poder regresar a la ciudad. Es el caso de Badal Eziden Khalaf, un agricultor de 86 años que vive en una carpa desde hace un año y medio: "Mi familia está a salvo, pero perdí más de 36.000 dólares en mi plantación de cebollas. Bajé para ver mi propiedad y vi que mi casa fue completamente destruida. Nos traicionaron. Apenas llegó el Estado Islámico los árabes cambiaron sus ropas y se vistieron todo de negro".

El agricultor Badal Eziden Khalaf, en el monte Sinyar, Irak. Hugo Passarello Luna

El negro es el color de preferencia de los yihadistas que llenaron los muros de la ciudad con dibujos de su bandera. Hoy esa bandera flamea a sólo 8 kilómetros al sur de la ciudad. Una distancia que permite al Estado Islámico continuar lanzando cohetes de largo alcance que caen en la ciudad. Durante el tiempo de nuestra visita estallaron por lo menos diez, sin herir a nadie.

Es por esos estallidos que Badal prefiere quedarse en el monte: "Cuando la ciudad esté segura, libre del Estado Islámico, claro que volveré. Espero que las cosas se calmen, que no exista más el Estado Islámico y que la gente viva en paz, que dejen de matarse entre ellos".

La muerte acompaña de cerca a Nasir Pasha Khalaf, uno de los encargados de recibir a la prensa, pero durante los meses de la batalla, desde el monte Sinyar, observaba la ciudad a través de la mira telescópica de su fusil, porque Nasir es un francotirador, que lleva junto a él su arma, adquirida por 7.000 dólares.

"Los medios quieren mostrar que hay cooperación entre las comunidades, pero en el terreno se observa la fragmentación", cuenta Nasir. "La mejor opción para el futuro de Irak es crear tres regiones, una para los kurdos, otra para los musulmanes chiitas y la tercera para los musulmanes sunitas. Ya tuvimos 100 años de Sykes-Picot". Nasir se refiere al tratado secreto franco-británico que selló las fronteras del Medio Oriente en 1916 y dio nacimiento a Siria e Irak.

La iglesia asiria Jesús Rey es uno de los pocos edificios que quedaron en pie. Cuando los peshmergas llegaron, encontraron que las puertas escondían explosivos improvisados. Los expertos lograron desactivarlos, como lo hicieron con decenas de otros repartidos por la ciudad, aunque cobrando vidas.

El combatiente yazidí Nasir Pasha Khalaf muestra los destrozos hechos a la iglesia asiria Jesús Rey en Sinyar, Irak. Hugo Passarello Luna

El interior de la iglesia, sin embargo, fue totalmente devastado, comenta Nasir: "Destruyeron el altar a mano. Quedaban 30 familias cristianas en Sinyar. La mayoría logró escapar a Kurdistán. Otras fueron asesinadas inmediatamente".

En uno de los muros los yihadistas dejaron dibujada en rojo una cruz sobre unos peldaños y junto a ella, escrita en árabe, la leyenda "con sangre". Una de las tantas muestras de la violencia que el Estado Islámico impuso en Sinyar a todas las comunidades, entre ellas, la cristiana.

Hay que conducir más de cinco horas para ir desde Sinyar a la capital del Kurdistán dónde se encuentran miles de refugiados cristianos. Hay que hacer un gran desvío hacia el norte y luego de nuevo hacia el sur para evitar pasar por Mosul, la segunda ciudad de Irak, ocupada por el Estado Islámico desde junio de 2014.

En las afueras de la capital, en un barrio colmado de iglesias, de nombre Ainkawa, hay varios campos dónde los cristianos de Irak encontraron refugio. Uno de ellos se creó en el patio del templo San Elías, que le pertenece a la Iglesia Caldea, bajo la autoridad de Roma, pero que lo comparte con otras dos comunidades cristianas, la católica Siria y la Antigua Iglesia del Oriente que no depende del Sumo Pontífice.

"Amo al papa. Yo no soy católico pero creo que él lleva una vida ejemplar. (…) A menudo llegan acá enviados del Vaticano para seguir de cerca nuestra situación", explica el padre Daniel, de 26 años y sacerdote de la Antigua Iglesia del Oriente, una comunidad de 100.000 cristianos cuyo patriarca tiene su sede en Bagdad.

El campo alberga 670 personas, casi todos vienen del pueblo Qaraqosh, a 70 kilómetros al oeste de Erbil, a medio camino con Mosul. Hace dos años que las familias viven allí, primero en carpas y luego en contenedores adaptados para la vivienda que recibieron de la Organización Internacional para las Migraciones. A pesar de las dificultades el campo tiene electricidad, baños, agua e incluso han organizado una escuela para que los niños no pierdan más años escolares.

Campo cristiano en la iglesia San Elías. Hugo Passarello Luna

Entre los estrechos pasillos que separan los contenedores, Safaa Bihnan Waqoob, de 41 años, está preparando unos quesos: "A las 11 de la mañana del 6 de agosto el Estado Islámico tiró un misil y mató a tres jóvenes. Esa misma tarde fuimos a su funeral y a pesar de que el cura nos dijo que no había peligro, como escuchábamos más explosiones hicimos las valijas y nos vinimos".

Safaa llegó con su suegra de 76 años que sufre de Alzheimer, su marido y sus tres hijos de 20, 16 y 14 años. Como ella, cuenta el padre Daniel, más de 125.000 cristianos debieron abandonar sus hogares desde agosto de 2014.

Antes de la caída de Sadam Husein, en 2003, Irak tenía casi un millón y medio de cristianos. Hoy la comunidad se redujo a 400.000. La mayoría emigró a otros países como Turquía, Jordania, Líbano y también hacia Europa y Estados Unidos.

Sin embargo, Safaa quiere volver a Qaraqosh. Su deseo de quedarse no es compartido por algunos de sus vecinos, como Hana Peter Kyriakos, de 51 años: "Me voy a cualquier país que me acepte. Pero un país cristiano, no uno musulmán. No tengo confianza en mis vecinos árabes".

Ese día, al alba, un centenar de miembros del Estado Islámico atravesó las líneas de defensa de las fuerzas kurdas en el pueblo cristiano de Telskuf, al norte de Mosul. Luego de intensas horas de combate los peshmergas lograron retener el pueblo.

Casi 60 yihadistas murieron y el ataque llegó a los medios internacionales porque también perdió la vida un soldado de Estados Unidos que estaba en el área en calidad de asesor.

La noticia también hizo sobresaltar a Safaa: su hijo mayor estaba de guardia en ese pueblo –sobrevivió al ataque– por ser un combatiente de las Unidades de Protección de las Tierras Cristianas, una milicia que junto a las fuerzas kurdas intenta detener el avance del Estado Islámico.

Nadie sabe qué pasará todavía con el grupo Estado Islámico y con la espiral de violencia confesional que sufre Irak desde el 2003. Mientras tanto, como el hijo mayor de Safaa, muchos de los jóvenes, hombres y mujeres, cristianos, yazidíes y musulmanes eligen tomar las armas para defender a sus comunidades.
 

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