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La ciudad kurda de Erbil, entre guerra y crisis económica

La ciudad kurda de Erbil, entre guerra y crisis económica
 
Edificios sin terminar en Erbil. Hugo Passarello Luna

Erbil, una ciudad kurda que tras la caída de Sadam Husein soñaba con un futuro mejor… Pero la amenaza del grupo Estado Islámico la mantiene en una situación de guerra permanente. Guerra, cientos de miles de refugiados, desempleo y las arcas del Estado casi vacías. ¿Cómo es la vida en el Kurdistán iraquí?

Un reportaje de nuestro enviado especial Hugo Passarello Luna.

Es jueves y anochece en las calles de Erbil, la capital de la Región Autónoma del Kurdistán. Como los kurdos son en su mayoría musulmanes, los fines de semana corren de viernes a sábado. Los domingos se vuelve al trabajo. Y los jueves, al caer la noche, la gente sale a comer, a tomar un café y a ver a sus amigos.

Esperamos en un café a Angélica Oliva, una dominicana de 28 años que vive en el Kurdistán. Lleva una hora de retraso porque la policía está realizando controles meticulosos y causando interminables embotellamientos.

Las fuerzas del orden son omnipresentes porque Erbil, además de ser la capital del Kurdistán, está en Irak, un país todavía en guerra, y esta vez frente al grupo yihadista Estado Islámico que acecha a menos de 80 kilómetros de la ciudad.

A pesar de ello, la vida en Erbil continúa. Vinimos hasta el norte de Irak para ver cómo se vive el día a día en una ciudad que muchos pensaron iba a convertirse en el próximo Dubái, un lugar de prosperidad donde la riqueza del petróleo se iba a derramar sobre todos sus habitantes.

Poco queda de esa quimera. Hoy, Erbil –y el resto del Kurdistán– se desangra para enfrentar al Estado Islámico que amenaza sus fronteras. Y, como si eso fuera poco, la economía del país se derrumbó junto con la caída del precio del barril de petróleo.

En realidad, Daesh nunca llegó a Erbil. En agosto de 2014, los bombardeos de Estados Unidos, acompañados por los peshmergas (combatientes kurdos, "los que enfrentan la muerte") lograron salvar in extremis la capital. Antes de batirse en retirada, los yihadistas habían logrado alcanzar una localidad a sólo 15 minutos de Erbil.

Por fin llega Angélica, acompañada de su marido Ibrahim, de 24 años. Angélica vive en el Kurdistán desde hace más de dos años. Como otros habitantes de la ciudad, si los yihadistas llegaban a las puertas de Erbil, Angélica e Ibrahim habían pensado en irse. En su caso a Irán.

Hoy, mientras ella bebe su café con leche, ese peligro no se siente. Y lo único que la preocupa es la difícil situación económica que atraviesa el país. Una crisis que no existía cuando conoció a su actual esposo a través de Facebook. Angélica se convirtió al islam, llegó al Kurdistán para conocer a su prometido, se casaron y dos meses después ya estaba embarazada de Helena quien nació en un contexto muy diferente del que ella había conocido a su llegada.

En 2003, Estados Unidos lanzaba misiles sobre Bagdad. Esos estallidos marcaban el fin del régimen de Sadam Husein y el despegue de la región norte del país, el Kurdistán. Los kurdos habían sufrido la dura represión de Husein y ahora podían concretar el sueño de tener, sino un país propio, por lo menos una región autónoma.

Erbil pasó de ser una ciudad con una infraestructura precaria a convertirse en uno de los focos de las inversiones extranjeras que, avivadas por el precio del petróleo, construían barrios privados, altísimas torres y lujosos hoteles.

Las grúas de construcción no daban abasto. Hasta que dejaron de girar y se quedaron quietas allá arriba, junto a decenas de rascacielos sin terminar. Ése es el paisaje que ofrece la crisis económica hoy en el Kurdistán, en medio de una guerra por ahora sin fin.

Además, si bien no hay cifras exactas, de acuerdo al experto en economía del Kurdistán Shwan Zulal, el índice del desempleo ronda entre 10 y 25%. Entre los desempleados está Ibrahim, el marido de Angélica, un ingeniero informático que lleva dos años sin empleo.

En el frente de Sinyar. Hugo Passarello Luna

Ibrahim cuenta que el gobierno no está pagando salarios, o lo hace tarde y sólo la mitad. No pagar salarios a los funcionarios públicos es un problema en cualquier país, pero en el Kurdistán no pagar a las Fuerzas Armadas en pleno conflicto es crítico. Según Shwan Zulal, hay alrededor de 100.000 agentes de seguridad entre policías y militares.

En abril el ministro del Interior del gobierno kurdo dijo durante una visita en Washington que la falta de fondos para pagar sueldos estaba causando la deserción del 1% de las fuerzas. Una semana después, el gobierno de Estados Unidos anunció el envío de 415 millones de dólares para pagar los salarios de los peshmergas. El resto de los funcionarios deberán esperar.

Por esa prioridad en los pagos y a pesar del peligro, muchos kurdos buscan una salida laboral en las filas militares. Como es el caso de Sakkar Rzgar, de 24 años, quién se crió en Chile y volvió a Erbil en el 2012. Charlamos en su automóvil mientras visitamos una ciudad con un tráfico caótico.

Sakkar quiere registrarse como peshmerga pero una vez que la situación financiera mejore. Por el momento consiguió otro trabajo en la seguridad para un supermercado, hace sólo un mes. La seguridad es uno de los pocos sectores que se mantienen a flote a pesar de la crisis.

En Erbil hay en varios puntos hombres armados con fusiles Kaláshnikov y otras armas pesadas. En particular en los hoteles de lujo y en edificios gubernamentales. Una vez que se sale de las ciudades, la región está llena de puestos de controles.

Estamos yendo al frente. A medida que nos acercamos, los controles se repiten con más frecuencia. De los cientos de kilómetros que conforman la primera línea contra el Estado Islámico, fuimos hasta las trincheras de la ciudad de Sinyar, al noroeste de Irak, cerca de la frontera con Siria, para conversar con algunos peshmergas.

La mayoría no cobran su sueldo desde hace meses, y sin embargo no escasean los aspirantes como Sakkar. Gregory, un exmilitar polaco de la Legión Extranjera y que hace ocho meses se unió a los peshmergas, cuenta que no necesitan gente, sino municiones, medicamentos y ambulancias.

Conversamos protegidos por las bolsas de arena que nos separan de los yihadistas, que acechan a sólo dos kilómetros y desde donde nos lanzan cohetes que caen, por suerte, lejos de nuestra posición.

Junto a nosotros está el comandante de los 305 hombres que mantienen este frente desde noviembre de 2015. También necesitan armas y municiones. Un costo difícil de asumir para las arcas del Kurdistán. Por eso dependen de las partidas que envían Estados Unidos y algunos países europeos.

Pero desde Europa y Norteamérica no sólo llegan dinero y armas. Muchos kurdos volvieron para trabajar en su país. Khaled Sulaiman, por ejemplo, es periodista pero tuvo que dejar su profesión por la crisis económica y ahora trabaja en una organización no gubernamental.

Nos cuenta que también es ciudadano canadiense: “Volví al Kurdistán en 2009 para trabajar en periodismo y formar a periodistas. Ahora preparo mi regreso a Canadá porque la crisis económica es seria. No es el tema del Estado Islámico que me preocupa. Si así lo fuera, ya me habría ido del Kurdistán al principio del conflicto con los yihadistas. Pero me quedé con mi familia. Seguimos acá porque nos sentimos seguros. Podemos resistir e incluso vencer al Estado Islámico. No es eso lo que me preocupa, sino la economía”.

Una situación complicada que según él continuará porque no existe una alternativa al petróleo: “La actividad agrícola está totalmente detenida. Estamos simplemente esperando a ver si el precio del petróleo aumenta o no. Y eso es como esperar a Godot”.

No sólo los kurdos esperan. Muchos extranjeros llegaron en los tiempos de bonanza. La mayoría se fue con el colapso económico, pero otros como Marcia Hernández, una diseñadora gráfica de Costa Rica, se quedaron a esperar la vuelta de los buenos tiempos. A pesar de la guerra no hay escasez en las tiendas del Kurdistán.

Las fiestas o reuniones entre amigos es una de las maneras de apaciguar la angustia por la crisis y por el conflicto que siempre está presente. Marcia recuerda que a mediados de 2014, los que escapaban de la guerra en Irak encontraban refugio en el Kurdistán.

De acuerdo a cifras de marzo de este año, sólo en Erbil hay casi medio millón de refugiados. La mayoría lleva casi dos años en el lugar y agotaron los pocos ahorros que tenían. La crisis económica empeora el panorama y por ello la ayuda internacional es clave.

Mientras que en el frente se libra la lucha para vencer al grupo Estado Islámico, a los refugiados y al resto de la población del Kurdistán, sólo les queda esperar que lleguen tiempos mejores, dice Khaled.
 

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