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Gaza, una prisión a cielo abierto

Gaza, una prisión a cielo abierto
 
Mujer palestina delante de una central eléctrica durante una manifestación contra la crisis energética en la Franja de Gaza, el pasado 23 de abril de 2017. REUTERS/Ibraheem Abu Mustafa

Diez años de bloqueo israelí, tres guerras entre Israel y el movimiento islamista Hamas, que ostenta el poder en Gaza, y graves divisiones políticas internas palestinas han convertido a la franja en un lugar que se hunde cada día más en la pobreza y la desolación. Un reportaje de Beatriz Lecumberri, desde Gaza.

Mar de Gaza, luz cálida del Mediterráneo. Niños jugando en la orilla y una agradable sensación de paz y libertad. Pero el sueño termina rápido. Los barcos israelíes en el horizonte, el agua contaminada y las conversaciones de los habitantes devuelven rápidamente a la realidad.

La mayoría de los dos millones de palestinos de Gaza viven encerrados en la franja y hace años que no saben qué es una vida normal. No tienen expectativas, viven con miedo a una nueva guerra y un gran resentimiento por sentirse olvidados por el resto de los palestinos y por la comunidad internacional.

Salah el Sousi es un experimentado profesor universitario de Farmacia que vivió muchos años en España y volvió a Gaza en los 90 con la esperanza de participar en la construcción de su país. Hoy no oculta su tristeza: “Las cifras en Gaza hablan por sí solas: un 80% de la población depende de la ayuda humanitaria para subsistir, el desempleo entre los jóvenes roza el 70%, la economía está paralizada por el bloqueo israelí desde hace una década pero en este tiempo, la población de la franja creció más de un 30%”.

Por castigar a Hamas, Israel y el mundo castigan a todos los palestinos de Gaza y la región está al borde del colapso y del desastre humanitario, según Raji Sourani, gazatí y presidente del Centro Palestino para los Derechos Humanos: “La situación en Gaza no tiene precedente. Nunca he visto nada igual. El bloqueo, ilegal e inhumano, es un castigo colectivo que debería terminar ya, ahora mismo y de manera total. No puedo tratar mi agua, mis desechos fecales, no puedo entrar ni salir, Los israelíes deciden qué como, cómo me visto. No podemos reconstruir lo destruido por la guerra porque tenemos una ocupación criminal. Aquí se cometen crímenes de guerra cada día”.

La falta de libertad es el mal que más daño hace a los habitantes de Gaza. La franja tiene dos puertas: una al norte, controlada por Israel y otra al sur, custodiada por Egipto que lleva más de tres meses cerrada. Israel concede a los palestinos de Gaza permisos a cuentagotas. Se benefician sobre todo los mayores de 50 años, enfermos o trabajadores de instituciones internacionales. Según cifras oficiales israelíes en 2016, 14.000 palestinos salieron de Gaza vía Israel y este año el número será probablemente inferior. En el 2000, el número superaba el medio millón de personas.

En este momento se calcula que hay unos 2.500 enfermos gazatíes esperando un permiso de salida de Israel para tratarse en hospitales palestinos de Cisjordania o Jerusalén o en centros médicos israelíes.

Fatma Zutaier es uno de ellos. Tiene 27 años, es profesora en una escuela de la ONU y hace casi un año, le diagnosticaron un cáncer de colon. Su curación depende de la obtención de ese permiso: “Me dieron permiso tres veces y me lo han denegado diez por razones de seguridad. El tratamiento que necesito no existe en Gaza. Tengo que salir”, cuenta.

Diversas organizaciones internacionales intentan agilizar estos casos humanitarios. Para el personal médico de los hospitales de Gaza, ver morir a pacientes de enfermedades perfectamente curables por no tener un permiso de salida crea una impotencia insoportable, explica Mohamed Abu Silmiya, pediatra y director del Hospital Al Rantissi de Gaza: “Por supuesto las víctimas son la gente, nuestros pacientes, aunque está claro que los problemas políticos jamás deberían afectar a los enfermos. El personal médico lo pasa muy mal porque ve a los pacientes y no puede hacer nada por ellos debido a la falta de recursos y de tratamientos”.

La falta de libertad y de motivación afecta sobre todo a los jóvenes que no encuentran razones para terminar sus estudios porque saben que tienen pocas posibilidades de encontrar un buen trabajo. En sus discursos se adivina una gran frustración e impotencia cuando inevitablemente comparan, gracias a las redes sociales, sus vidas con las de otros jóvenes de edades similares en otras partes del mundo. En sus bocas sólo hay una palabra: huir.

Ossama Abu Shakran tiene 20 años y estudia Relaciones Públicas en la Universidad Al Azhar de Gaza: “Sufrimos el bloqueo, la falta de electricidad y de trabajo. Estos problemas acumulados sobre nosotros, los jóvenes, nos pesan mucho en el ánimo, en el rendimiento en clase. Nos hacen también tener tentaciones peligrosas, sentir que tenemos que salir de aquí como sea para buscar oportunidades y una vida mejor. Algunos conocidos se lanzan al mar, otros han huido a través de los túneles hacia Egipto. Algunos murieron en el camino, otros lograron llegar a su destino, a Europa”.

Los jóvenes gazatíes son incapaces de proyectarse en el futuro y hacer planes. Tienen miedo a una nueva guerra, a no poder salir nunca. No ocultan su rencor hacia sus dirigentes, a los que consideran en parte culpables de sus limitaciones.

Farah Baker estudia Administración de Empresas y bastan algunos minutos de conversación para comprobar que es una alumna brillante y con iniciativa. Su burbuja de aire fresco son las redes sociales y tiene miles de seguidores en todo el mundo: “Uso las redes sociales porque es lo único que me puede sacar fuera de aquí, cuando veo fotos de las vidas de otras personas en otros lugares. Uso las redes sociales para mostrar el sufrimiento palestino y mi vida diaria. Intento encontrar cosas agradables y divertidas para tuitear pero francamente no encuentro nada positivo. He parado de soñar porque cada vez que soñamos y no logramos nuestros objetivos perdemos aún más esperanza. Tampoco tengo planes a largo plazo, no sé que va a pasar mañana en Gaza, si habrá una guerra y moriré”.

Farah ha salido de Gaza sólo tres veces en sus 19 años de vida. La última fue el año pasado, cuando fue invitada por el consulado americano a participar en una conferencia de un día en Ramallah. Su frustración aún es papable cuando habla de ese viaje: “La pasé muy mal. Primero fuimos bloqueadas por Hamas porque éramos un grupo de chicas que viajábamos solas. Después llegó el control de Israel. Me pararon, me sometieron a un registro personal. Todo el grupo pasó menos yo, me dijeron que no saldría. El consulado intervino y finalmente pude salir. Pero cuando llegamos a Ramallah, eran las 3 y la conferencia había terminado. Conversamos una hora con la gente allá y volvimos a Gaza. Incluyendo la carretera pasé fuera tres horas”.

La franja tiene una superficie de 365 km2. En línea recta, desde Beit Hanoun, la localidad más al norte, hasta Rafah, situada en el sur, hay 45 kilómetros escasos. En esta pequeña tierra han transcurrido los 27 años de vida de Bashar Taleb. Nunca ha salido de la franja y ese pedazo de tierra se le queda pequeño, le falta el aire. Tiene su pasaporte hecho dos veces, sin ningún sello en el interior: “Eso es terrible y me deprime mucho porque gracias a internet veo lugares maravillosos pero no puedo ir a ninguna parte, no puedo conocer a ninguna de esa gente ni esas culturas. Si pudiera iría a París. La Ciudad de la Luz. Pasearía, vería cosas que no he visto nunca, salvo por internet, miraría a la gente, cómo viven, vería cómo es vivir con electricidad 24 horas al día. Sólo quiero sentir cómo es una vida normal”.

Criar hijos en Gaza tampoco es una tarea fácil y pensar en el futuro que les espera hace daño. El objetivo de muchos padres es sacar a sus hijos fuera, cuando la frontera con Egipto abra, para que se vayan a estudiar y si es posible no regresen nunca.

En estos momentos Gaza vive una terrible carencia de electricidad que merma la ya de por sí fragilizada moral de sus habitantes. La franja importa la mayoría de la electricidad que necesita ya que no consigue producirla debido principalmente al bloqueo israelí. La situación ha empeorado ahora por la lucha interna entre la Autoridad Palestina del presidente Mahmud Abbas y Hamas. Abbas intenta presionar a Hamas de muchas formas, una de ellas es no pagar a Israel por buena parte de la electricidad que suministra a Gaza e Israel ha reducido el suministro de manera importante.

La franja necesita 450 megavatios de electricidad y la oferta actual no llega a los 100. Eso se traduce en este momento en dos, tres o a lo sumo cuatro horas de electricidad al día. Los hospitales viven una situación especialmente crítica por esta falta de electricidad, explica el doctor Abu Silmiya: “El hospital trabaja con generadores al menos 20 horas al día. Recibimos electricidad una media de cuatro horas al día lo cual tiene un impacto negativo en todo el hospital. Tenemos un departamento de cuidados intensivos con niños conectados a un respirador artificial y no podemos en ningún caso quedarnos sin electricidad. También tenemos una planta de diálisis para niños con diez máquinas que no pueden dejar de funcionar ni un minuto”.

En las casas, la mayoría de las familias no puede pagar un generador. Con un calor que supera los 35 grados y una humedad insoportable, los gazatíes están desesperados ante la falta de electricidad.

La crisis eléctrica ha profundizado el abismo que separa a Hamas y a la Autoridad Palestina de Mahmud Abbas y ha debilitado al movimiento islamista. En las manifestaciones de Hamas en la franja se llama criminal al presidente palestino, se le acusa de jugar el juego de Israel y de olvidarse del sufrimiento de los gazatíes.

Para Ihab Al Ghussein, un portavoz de Hamas en Gaza, “los derechos básicos de la gente de Gaza no se respetan. El principal culpable es la ocupación israelí pero siento decir que también el presidente palestino Mahmud Abbas está ayudando a los israelíes a presionar a los palestinos de Gaza. Nuestra prioridad es seguir resistiendo ante la ocupación y terminar con el bloqueo israelí. Nos gustaría volver a la unidad entre los palestinos de Cisjordania y Gaza pero el señor Abbas no quiere, sólo está intentando contentar a Israel”.

Pese al bloqueo, las guerras y la desesperación que invade a buena parte de los habitantes de Gaza, en la franja también hay lugar para la creatividad y el éxito profesional. Mohammed al Fayumi es un joven ingeniero que brinda servicios informáticos a clientes de varios países desde Gaza: “Trabajo en Gaza on line y gano bastante dinero. La vida aquí es más barata que en otros lugares. También enseño a otros jóvenes cómo convertirse en freelance o conseguir trabajo en internet. Les doy trucos para enviar una buena propuesta a un cliente o escribir un buen currículo”, explica.

Cae la noche en Gaza y las mezquitas llaman a la penúltima oración del día. Impresiona ver cómo la ciudad se queda poco a poco a oscuras. La falta de luz no ayuda a ver el futuro con optimismo.

La visión de Raji Sourani sobre el futuro de Gaza, del proyecto nacional palestino y de la paz con Israel, es desgarradora: “¿Se puede llegar a la paz así? Nadie conoce a nadie en el otro lado. Dos generaciones enteras de habitantes de Gaza no saben nada de Israel o los israelíes. Antes venían a visitarnos, los invitábamos a casa, a nuestras oficinas. Nosotros también íbamos allá. Ahora nadie conoce a los israelíes en Gaza, sólo conocen sus aviones de combate F16, los misiles, los drones, los tanques… Muerte y destrucción, eso es lo que se conoce de los israelíes en Gaza. Y esta situación impulsa los objetivos de Israel y los de nuestras autoridades que se ponen del lado israelí. Y significa la derrota de nuestro proyecto nacional, pero no significa que nuestra causa es derrotada”.

Según la ONU, si nada cambia, Gaza podría ser un lugar inhabitable en 2020.

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